Este libro representa un aporte teórico importante, pero también político, para quienes nos dedicamos a investigar las problemáticas urbanas contemporáneas, y a soñar y construir futuros diferentes para las ciudades. Se trata de un libro que pone en diálogo varias discusiones importantes en las ciencias sociales y en la agenda pública urbana a nivel global. En primer lugar, y como señala el título del libro, está la cuestión de las movilidades cotidianas. Sabemos que en las ciudades, sobre todo en urbes como la Ciudad de México, la mayoría de la población vive en un estado de movimiento perpetuo, donde somos, como dice Néstor García Canclini, viajeras/os en la ciudad. Pero si pensamos en la movilidad cotidiana, es decir, en nuestros pequeños desplazamientos hacia la escuela, a pasear el perro, al trabajo, a hacer las compras, etcétera, ¿qué significan para nuestras vidas y relaciones? ¿Cómo nos afectan? ¿Cómo se producen? ¿Cómo se viven?

Estas son algunas de las preguntas que inspiran los estudios sobre la movilidad en general y que se desarrollan en este libro. Sus diferentes capítulos nos recuerdan que hay muchas maneras de desplazarnos (o no) -aparecen la bicicleta, el metro, el mototaxi, caminar, surfear el internet, la silla de ruedas, la carriola- y múltiples razones y factores que posibilitan, obligan o imposibilitan ser móviles. Nos muestran que estas movilidades heterogéneas son productivas: producen identidades, experiencias, territorialidades, desigualdades y sociabilidades. Es decir, la movilidad es constitutiva en un sentido ontológico de las categorías y experiencias sociales. La movilidad es una forma teórica de aproximarnos a la vida social y no simplemente un objeto de estudio cuasi sinónimo con el transporte. Este marco o perspectiva general, que podemos identificar con autoras/es asociadas/os al giro de las movilidades de las últimas décadas, no es novedoso en sí, pero me parece que una de las grandes virtudes de este libro es precisamente que hace legible y relevante para un público latinoamericano muy amplio discusiones y argumentos complejos provenientes de la geografía y sociología de la movilidad. Lo logra mediante estudios de caso y análisis, pero también en las discusiones teóricas muy sintéticas y amenas que aparecen tanto en la introducción del libro como en los apartados teóricos de varios capítulos.

Por supuesto, este libro no se limita a una discusión sobre las movilidades en general, sino que se interesa en la cuestión de los cuidados con una perspectiva de género y en qué significa vivir en ciudades que no nos permiten cuidarnos, cuidar a otras/os, y cómo se puede cambiar eso.

Volviendo al hecho de la movilidad cotidiana como elemento productivo de la vida urbana, algunas de las grandes preguntas que orientan este libro son: ¿cómo es que los cuidados se realizan en estas condiciones de movilidad? ¿Cuáles son las experiencias, las posibilidades, las injusticias que se generan? ¿Qué tipo de infraestructuras, servicios y espacios necesitamos para hacer posible el cuidado? Y de la misma manera que el abordaje a las movilidades, el libro nos permite un acercamiento a discusiones amplias y complejas, sobre todo desde los estudios y las militancias feministas, sobre los cuidados, sobre esos trabajos reproductivos que son invisibilizados, desvalorizados, pero que son esenciales para la vida, para la productividad, para el sostén. El capítulo de Blanca Valdivia es particularmente útil en términos teóricos en este sentido, al igual que el de Elena Zucchini, quien nos ofrece una rica discusión metodológica sobre la medición e investigación de los “cuidados en movimiento”.

Esto no quiere decir que los capítulos compartan una definición rígida de lo que son o deberían ser los cuidados, sino que nos introducen a discusiones a través de diferentes enfoques. Algunos hablan de los autocuidados, otros hacen hincapié en las infancias o en las juventudes, otros en las personas con discapacidades o en el cuidado al medio ambiente. Pero todos señalan graves deficiencias en las ciudades contemporáneas en términos de infraestructuras, espacios y políticas. Esto es importante porque, para ir hacia ciudades más inclusivas y cuidadoras, como dice el título, necesitamos diagnósticos claros de lo que no está funcionando, y lo tenemos acá.

La inseguridad aparece en varios capítulos, ya sea como la preocupación de sufrir violencia de género en la noche cuando una mujer sale a caminar, o el miedo a ser atropellada por un auto cuando una anda en bicicleta en un contexto de “violencia vial”, o el miedo a contagiarse de COVID-19 cuando una se ve obligada a salir a trabajar. También aparece la deficiencia de los servicios de transporte, de la vivienda y de las infraestructuras urbanas que impiden la movilidad en silla de ruedas o con bastón, o que no nos permiten comprar alimentos saludables, o donde se experimenta hacinamiento. Y en muchos capítulos aparece la falta de políticas que atiendan explícitamente el cuidado de poblaciones dependientes, donde el trabajo recae sobre las mujeres, quienes por eso mismo sufren varias barreras a la accesibilidad y a la igualdad.

Si bien los diferentes capítulos del libro dan cuenta de problemas y carencias en materia de cuidado con el estudio de casos empíricos, también ofrecen herramientas para repensar las ciudades y la organización socio-espacial mediante una constelación de conceptos teóricos. El más importante de estos conceptos es sin duda el de interdependencia, pero también aparecen solidaridad, corresponsabilidad, vulnerabilidad y dependencia. Estos conceptos pretenden describir la naturaleza de las relaciones socio-territoriales y la condición humana que ha sido invisibilizada en la lógica productivista bajo la cual las ciudades capitalistas se han construido, y bajo la cual se han fetichizado conceptos de independencia o autonomía individual. Pero también sirven como pautas, como propuestas normativas sobre cómo deberíamos relacionarnos y construir ciudades que nos cuiden y que nos permitan cuidar. Podemos ver ejemplos inspiradores en los capítulos, desde la confianza y seguridad que ofrecen los mototaxis locales en un barrio periférico de la Ciudad de México, hasta la solidaridad y el apoyo mutuo entre vendedoras del metro Chabacano, pasando por diversas políticas que se han implementado en España para incorporar una perspectiva de género en la planeación urbana. A diferentes escalas, el libro nos brinda casos de los cuales podemos aprender.

Otro elemento a destacar es la índole interdisciplinaria y metodológicamente diversa que tiene. Acá tenemos aportes de estudiantes de licenciatura y posgrado junto con los de investigadoras más establecidas. Tenemos capítulos desde la antropología, la arquitectura, el urbanismo, la geógrafía y más. Tenemos análisis de políticas públicas, discusiones conceptuales, etnografías digitales, encuestas, relatos metodológicos, relatos etnográficos, estudios de caso de una sola persona o una familia. En fin, tenemos una gran diversidad metodológica, pero lejos de ser confuso, todo esto ayuda a comprender las múltiples dimensiones de las movilidades y los cuidados. Algunos capítulos nos acercan a las experiencias y emociones de las personas que vivieron un proceso de encierro durante la pandemia. Otros nos ayudan a entender la historia intelectual de las teorías del cuidado. Otro nos da herramientas metodológicas para medir y evaluar la movilidad de los cuidados. El punto es que, con conceptos y preguntas tan amplios como los que plantea Paula Soto Villagrán en este proyecto, esta heterogeneidad metodológica es realmente útil.

En el primer capítulo, Inés Sánchez de Madariaga dice que “las tareas del cuidado son cada vez más numerosas, porque las sociedades modernas están continuamente creando nuevas necesidades que no existían en otras épocas, como por ejemplo las actividades extraescolares, las competencias deportivas, las múltiples gestiones ante organismos públicos y privados, y la variedad de actividades culturales y de ocio” (40). Este punto me parece clave para comprender la paradoja en la cual se sitúa el libro: no solamente estamos viviendo en contexto hostiles, donde no se brindan las posibilidades de cuidar ni se valoran suficientemente los trabajos de cuidado, sino que también hay cada vez más exigencias. Estas exigencias, por supuesto, varían dependiendo de la clase social, el género, la edad, etcétera, pero el punto general señala la importancia de prestar atención no solamente a la invisibilización de los cuidados, sino a cómo se producen y circulan mandatos que exigen mayores cuidados, como un ejercicio antropológico, pero que tienen repercusiones en cómo pensamos en ciudades cuidadoras. Vamos a tener que pensar y negociar más sobre la cuestión de los cuidados: en qué consisten, quiénes los definen, qué demandas son legítimas, cómo se atiende a esas demandas, y más. Y las respuestas se tienen que aterrizar en los territorios, en las instituciones, en los vínculos, en las infraestructuras. Este libro representa un aporte importante para pensar en estas preguntas y respuestas, en diagnosticar algunos males y señalar algunas formas de salir adelante.