Fraccionamiento, diversidad, intersecciones, emociones, ambivalencia, reiteraciones, re-activaciones… términos que suelen usarse con más o menos frecuencia cuando se aborda analíticamente o se discute coloquialmente alguna dimensión de la complejidad en el estudio del vínculo social en la contemporaneidad. Sin embargo, apelar al fraccionamiento como característica, enunciar la diversidad como rasgo distintivo, escribir sobre cómo pensar-registrar-estudiar las emociones, reivindicar la ambivalencia de los regímenes de acción y advertir que los vínculos mismos -(mal)entendidos a veces como eternos, perdurables, inmutables en el tiempo- han de ser reactivados, reiterados, recreados, renovados e incitados “para ser”… plantear todo esto, insisto, suele ser una cuestión menos frecuente al acometer la investigación científica o la escritura académica. Sobre todo, cuando se aborda el estudio de objetos que algunas/os pudieran considerar, paradójicamente, ya sea como muy contundentes o acaso como evanescentes: la identidad colectiva de/en el movimiento feminista, en este caso, en el estado español. Y es en este último sentido que el libro de María Martínez, cuya recensión presento en estas líneas, ofrece una interesante caja de herramientas conceptuales y metodológicas para repensar y replantear lugares comunes sobre los cuales pareciera haberse dicho, discutido y escrito con suficiencia: los movimientos sociales, el movimiento/las movilizaciones feministas y la identidad colectiva que es posible construir en esos espacios.

Esta obra, producto de la re-visión que su autora hace de su propia investigación y disertación doctoral, nos ofrece un interesante trabajo de hilvanado de diversas dimensiones teóricas en juego con un extenso soporte empírico para el estudio de las movilizaciones feministas en el estado español a lo largo de más de tres décadas (1975-2009). Para abordar la siempre compleja pregunta por la identidad colectiva en un movimiento que ha estado, a su vez, en mutación constante, la autora apuesta por radicalizar el concepto de procesualidad, por trascender lugares comunes -como el de asumir su construcción a partir de meras definiciones compartidas- y por plantear las identidades (feministas) como identidades en proceso, cuyos componentes reticular (las redes relacionales) y emocional (la inversión emocional de parte de sus integrantes) devienen mediaciones centrales para su estudio. Si esto en sí mismo ya plantea un reto importante, permítaseme señalar algunas cuestiones que atraviesan este objetivo más general.

El libro plantea una propuesta académica con importantes implicaciones didácticas, pues invita a quien lee e investiga a pensar lo teórico en su necesaria y simultánea imbricación con su dimensión metodológica y, con ello, muestra cómo las teorías han de iluminar el trabajo académico en la medida que sostienen la práctica empírica misma. Una empiria que, en contextos sociales y políticos desafiantes, suele tener a su vez la potencia para tensionar y desafiar los presupuestos teóricos de partida; para resistirse a ser nombrada por conceptos demasiado contundentes u homogeneizantes; para interpelar y hacer que quienes investigamos hagamos “polo a tierra”, al mostrar que ese plano (la “realidad-empírica-observada”) no es automáticamente traducible a objeto de investigación, pues dicho estatuto se configura a partir de vínculos y conexiones semi-cerradas que se establecen con lo que se investiga. Esta circularidad del trabajo de investigación científica se muestra a lo largo de varias páginas que abordan críticamente un objeto de estudio complejo y heterogéneo -la identidad colectiva- en su intersección con un movimiento social, político y epistemológico -los feminismos- que, como señala Martínez, ha hecho de la constante deconstrucción y problematización de la universalidad de las categorías que usa y construye, su principal trabajo. Un trabajo realizado por agentes y actrices cuya imaginación sociológica y crítica ha alcanzado, a su vez, a sus propios sujetos de reivindicación y acción colectiva -las mujeres-; un bucle complejo, entonces, que se recorre a lo largo de una lectura sugerente para ese incesante trabajo de pensar y estudiar fenómenos sociopolíticos, a partir de la “rebusca” de la mirada feminista hacia lugares (teóricos y empíricos) asumidos a veces desde presupuestos comunes.

La invitación a repensar este bucle se da a lo largo de seis capítulos que se hilvanan en las intersecciones de esos tres constructos de estudio complejo: nuevos movimientos sociales, identidad colectiva, feminismo(s). Este entrecruce conceptual cobra cuerpo en el primero de ellos -Herramientas disponibles y herramientas necesarias: movimientos sociales, feminismos e identidades colectivas-, donde la autora presenta el instrumental teórico hegemónico heredado desde el eje crítico que ofrecen las teorías feministas. Esta apuesta por la deconstrucción de los movimientos sociales y de la identidad colectiva desde las epistemologías feministas se alinea con la perspectiva crítica que estas ofrecen y de las que el texto se beneficia, entre otras cosas, al poner siempre en el centro a quienes constituyen el marco de inteligibilidad del movimiento: las activistas y su heterogeneidad. Al hacer un repaso crítico por los enfoques dominantes desde las herramientas que los feminismos nos ofrecen para cuestionarlos, Martínez nos muestra que mucha de la dificultad para el abordaje de este objeto de estudio reside, por una parte, en la contundencia con que se suele abordar estos constructos (las expresiones mismas de “movimiento” social o “identidad” colectiva, frecuentemente pensadas en singular y con vocación de unidad), que choca frontalmente con el plano empírico de movilizaciones y movimientos que, como los feminismos, engarzan en su seno la práctica política con la epistemológica, en formas de organización más intermitentes, espontáneas y difusas que las más formalizadas/piramidales/centralizadas de otros movimientos sociales. Una complejidad añadida para el abordaje de los feminismos reside en que sus reivindicaciones trascienden el mero campo de la política en su dimensión formal-institucional, al entreverarse con otros espacios de las vidas y cuerpos de sus activistas, que son quienes los piensan y deconstruyen, y no solo quienes los habitan y los mantienen.

En este punto estimo que se activa el valor didáctico ya señalado de la obra: en primer lugar, porque este primer capítulo introduce herramientas y conceptos para mirar y abordar cuestiones con las que la teoría sociológica/política clásica no suele congeniar: las emociones, los vínculos, las articulaciones afectivas, no solo en ciertas fases del proceso de configuración de un movimiento, sino como dimensiones centrales del mismo, como formas (alternativas) de hacer-política. En segundo lugar, por el siempre interesante ejercicio de puesta a prueba de la teoría que, en su articulación con la empiria, posibilita desmontar lugares comunes, entre ellos, dar por sentada la existencia de cualquier objeto de estudio (el movimiento feminista, en este caso) como un a priori.

Estos pre-supuestos se problematizan y desmontan, de hecho, a lo largo de las páginas del siguiente par de capítulos, dedicados al análisis de dicho objeto: el movimiento feminista. El segundo -Una genealogía un tanto particular del movimiento feminista en el Estado español- ofrece un recorrido diacrónico a lo largo de más de 30 años de historia del movimiento en España por sus mitos/hitos fundacionales y por los diversos imaginarios del sujeto-mujer reivindicados a lo largo del tiempo. Esta genealogía ofrece una propuesta de historización del movimiento que lo muestra como un sujeto colectivo vivo, en permanente cambio, al rescatar sus inestabilidades, sus latencias, sus fisuras y quiebres. Ejercicio que pone de manifiesto la importancia de no asumir el movimiento feminista como una entidad estable y monolítica, ni entender los dispositivos de su visualización y lectura como ajenos a sus propias dinámicas.

De forma complementaria a esta visión diacrónica, el tercer capítulo -De movimiento social a las movilizaciones feministas- entra de lleno en el estudio sincrónico del objeto, a partir del análisis de las distintas agencias y miradas feministas implicadas en un campo sumamente disputado. Se insiste en poner en cuestión la pertinencia de las teorías heredadas, que suelen quedarse cortas cuando comparecen ante la complejidad de las realidades empíricas, en las que no siempre hay correspondencia ni orden secuencial coherente entre cuestiones que se presuponen juntas (como la ideología-la acción-la identidad), destinadas en teoría a orientar la acción colectiva (no siempre racional). Para mostrar los quiebres de esa secuencia, este capítulo retoma la sinuosa trayectoria de los altibajos experimentada por el movimiento feminista español y revela que sus integrantes y militantes han construido apuestas variadas para la consolidación de sus vínculos, formas de organización y pertenencias. Y con ello, nos muestra que los movimientos contemporáneos cobran formas diversas, más propias de mundos donde las múltiples vulnerabilidades y precariedades circundantes (organizativas y ontológicas) han devenido notas características y condiciones de posibilidad para la constitución de formas distintas de comunidad. Es a partir de estos quiebres en las correspondencias sucesivas (y supuestas) entre organización-ideología-acción-identidad que la autora apuesta por el término movilización como uno que permite hacer visibles esos dinamismos y subrayar la acción como eje central de la constitución de sujetos colectivos.

Como ejemplo, una cuestión que asoma desde este capítulo, y que se extiende en los siguientes, es el factor generacional como uno de los marcadores de pluralidad dentro de las movilizaciones feministas. Sobre todo a partir de este milenio, y con el advenimiento de redes tecnológicas y nuevas formas de relación e interacción, la generación política se erige como clave analítica adicional para entender la diversidad de dichas movilizaciones, desde las lógicas, las prácticas, las trayectorias de politización y las experiencias de quienes son entendidas como herederas/relevos generacionales del movimiento respecto de las generaciones de feministas del siglo pasado. Una cuestión interesante -sobre todo en tiempos del #MeToo, de la denominada cuarta ola del feminismo, de retrocesos en materia de derechos ciudadanos básicos para las mujeres en distintas sociedades latinoamericanas y de activismo mediatizado por redes sociodigitales- sobre la que, lamentablemente, la obra hace un manejo quizá superficial.

Y es que algunas de las secciones del libro que más se disfrutan, entre otros motivos, porque mantienen la apuesta por hilvanar la lectura teórica con relatos que cuentan trayectos, historias, imaginarios, ideales y mundos diversos, pasados y contemporáneos -la “teoría sociológica en práctica”, en palabras de Martínez-, son aquellas que se preguntan por la identidad colectiva del movimiento desde las narrativas y experiencias de sus activistas, a lo largo del tiempo y las circunstancias. Este recorrido inicia en el cuarto capítulo -Feministas en devenir: experiencias y trayectorias activistas en los feminismos contemporáneos- cuya pretensión es describir dichos mundos a partir de las trayectorias de politización de las activistas: sus experiencias, las transformaciones experimentadas por su participación en el movimiento, las implicaciones que el feminismo ha tenido en sus vidas. Un punto a destacar, en mi opinión, es la puesta en cuestión que Martínez hace del “modelo de conversión” ofrecido por los marcos analíticos tradicionales de los movimientos sociales, cuando problematiza la existencia de una identidad de partida (mujer-dominada/sujetada) la cual, militancia-activismo mediante, habrá de convertirse necesariamente a la identidad de arribo (mujer-liberada-feminista/con agencia). La autora pone en cuestión ese marco teórico que dicta que la conversión se produce al “descubrir en sí” o incorporar el código del movimiento, mediante el cual la militante ha de convertirse en una feminista apropiada. Considero un acierto que la autora tome distancia de este modelo secuencial de conversión/alternación de un punto de partida a uno de llegada, pues con ello se cuestiona no solo la supuesta linealidad en la constitución de toda identidad, sino la conformación a voluntad de sujetos autónomos (entre estos, la sujeto de los feminismos) pues, más que la conversión de una identidad a otra (“de mujer a feminista”, Martínez 2019: 55) de forma automática y total, se deviene feminista en un proceso inestable, abierto, no siempre o no totalmente materializado, en el que se in-corporan, se localizan y articulan experiencias contrapuestas, contradictorias incluso, en las que caben las disputas, los conflictos, las dudas. De ahí, de nuevo, el valor didáctico de una propuesta que pone de relieve la heterogeneidad, lo fragmentario, los matices y las precariedades de las prácticas que nos hacen sujetos. Esta crítica al modelo de conversión introduce una cuestión que no siempre convoca unanimidades, pero que considero una contribución central del texto, precisamente porque problematiza la militancia desde su posición de portavoz de sujetos vulnerables, y reivindica la complejidad de la agencia -de hecho, plantea su existencia misma- entre aquellas a quienes se las ha entendido como sujetos beneficiarias de la acción política colectiva del movimiento (mujeres-dominadas, mujeres-vulnerables), y cuyo activismo tendría que conducirles, indefectiblemente, a su liberación. Este libro mueve a repensar estos automatismos cuando nos invita a asumir la identidad feminista no tanto como un modelo a colmar sino como un trabajo, una labor constante de pensar en agencias en mediación e interacción con otras.

Estas reflexiones se profundizan en el quinto capítulo -Procesos de identidad colectiva en las movilizaciones feministas- que presenta los conceptos centrales de la propuesta teórico-analítica de Martínez: las reiteraciones relacionales y las activaciones emocionales (como estrategias para enfatizar la procesualidad de la identidad colectiva), y las sedimentaciones y materializaciones parciales (como formas de hacer visible su estabilización). Para ello, se muestra la posición privilegiada que, desde las teorías de los movimientos sociales, se le ha otorgado al lenguaje, a las estrategias discursivas y a los esquemas cognitivos para entender la identidad colectiva. No obstante, aproximarse exclusivamente desde esas dimensiones (como definiciones compartidas y/o en disputa, como narraciones o narrativas) contribuye a concebir la identidad más bien como un producto acabado que como un trabajo-en-proceso. De ahí que, para abordar la identidad colectiva de un movimiento en mutación constante, la autora proponga rescatar sus dimensiones relacionales y emocionales mediante la reinvención y la reactivación constante de las mismas; cuestión que subraya las inestables condiciones de posibilidad de la constitución de identidades y sujetos colectivos. Esta propuesta, que retoma nociones butlerianas y meluccianas para su construcción, se conecta con un trabajo empírico de largo aliento sobre un objeto que evidencia su dinamismo en los cambios experimentados por las representaciones sobre las sujetos del movimiento a lo largo de las décadas. Una cuestión que muestra la imposibilidad de establecer una definición compartida de identidad colectiva como la representativa de las movilizaciones feministas.

Entre las líneas del libro se proponen también formas para abordar, registrar e investigar esas dimensiones menos aprehensibles, más evanescentes o, a veces, menos destacadas en el estudio de los movimientos sociales: las emociones. Ya no solo a partir de lo que las agentes (las activistas) “dicen sobre lo que sienten”, sino a partir de los espacios a los que la investigadora las acompañó para dejarse afectar por esas emociones, por las efervescencias, por las energías que hacían evidente que las situaciones se activan en la medida en que las agentes se implican y actúan en consecuencia; que las relaciones, como la identidad, son cuestiones a ser impulsadas, sacudidas, provocadas, meneadas, para devenir en posibilidades, para sedimentarse. Y esto, como plantea Martínez, solo puede hacerse en acción recíproca, en y por medio del contacto, aun cuando este pudiera ser efímero: tanto a partir de la activación de esa “socialidad de las emociones” (Ahmed 2017: 20) de la que da cuenta la autora, tanto entre las activistas en su proceso de habilitación como sujeto colectivo, como entre ellas y la investigadora, que aprendió y ahora nos muestra que entender y estudiar la identidad pasa por trascender los lugares comunes para pensarla en y desde otros espacios, tanto físicos como metodológicos. Que la comunidad y la colectividad -aunque precarias y efímeras- necesitan de las emociones para activarse y materializar así la identidad.

En suma, se trata de un libro interesante y recomendable que, a propósito del caso del movimiento feminista en el estado español, ofrece una mirada distinta, útil no solo en el campo de los (nuevos) movimientos sociales o para el estudio de los feminismos como movimiento, sino necesaria en contextos latinoamericanos, al alinearse con la cada vez más urgente necesidad de pensar teóricamente los fenómenos, en lugar de solo registrarlos o analizarlos desde su naturalización como “realidades dadas”, o solo desde la idealización de sus fines o desde las afinidades político/ideológicas de quienes los observamos. En este sentido, propone formas otras de pensar y nombrar cuestiones que en el pasado se han entendido desde la solidez, desde la rigidez incluso: la identidad, los movimientos, los feminismos mismos. Asimismo, invita al estudio de las dimensiones dejadas al margen para el abordaje de los objetos, alojados en tradiciones teóricas que suelen entenderlos como puntos de partida, como “realidades dadas”, y no como procesos y mecanismos que, a diversos niveles, han posibilitado su existencia.

Y acá radica, aunque me repita en esto, el valor didáctico que encierran sus páginas, las cuales muestran cómo abordar de forma problemática -incómoda incluso, pues la cuestión de la identidad intersectada con la de los feminismos como movimiento social suele ser siempre un territorio en disputa-, pero fundamentada, un objeto con un nivel de complejidad propia de estos tiempos, en que la incertidumbre, las hibridaciones y los desgarros se articulan con cuestiones que tradicionalmente han tenido un talante más sólido, como los compromisos, las ideologías, las ideas.

Este libro invita a pensar que es posible estudiar fenómenos con largas trayectorias, alojados en campos y tradiciones teóricas clásicas, pero con lentes acordes a realidades que se han desestabilizado de formas tales que, paradójicamente, podrían tener como consecuencia no intencionada la tentación de las miradas fijas y del regreso al resguardo en pertenencias que generan seguridades ontológicas básicas, a costa de lecturas maniqueas de lo que las circunda. En este sentido, suscribo las interpelaciones que Martínez nos hace al inicio de su obra, a propósito del concepto de identidad: que es plausible como categoría social e importante como herramienta teórico/analítica, pero siempre repensada en contraste con su planteamiento original. Sobre todo, en tiempos como los actuales, donde las nociones de lo colectivo, del contacto (sobre todo, el físico), del hacer-con-otras/os, del espacio físico compartido, se han visto profundamente trastrocadas cuando no fulminadas por confinamientos pandémicos obligatorios y socialidades resquebradas. De ahí la importancia de su apuesta por una propuesta situada y abierta más que por un modelo universal que prescriba o se imponga. Pues usar la identidad “bajo borradura” (Hall 2011: 13) y desde lógicas desestabilizadas permite plantear estas discusiones en realidades como las nuestras, en perpetuo movimiento y sobresalto, que invocan precisamente a imaginarlas -a la identidad y a los conceptos utilizados para el estudio de los mundos en que se alojan- desde el desajuste, el quiebre, desde el trabajo que da el ensamblaje de experiencias y cosas que no parecieran ir juntas, desde el tejido de “nosotras/os” parciales y precarios, y desde la escasez de certezas que, como nos muestra este libro, a veces se traducen mejor desde los afectos y las emociones que solo desde las palabras.

REFERENCIAS

1 

Ahmed, Sara. 2017. Living a Feminist Life, Durham, Duke University Press.

2 

Hall, Stuart. 2011. “Introducción: ¿quién necesita identidad?”, en Stuart Hall y Paul du Gay (comps.), Cuestiones de identidad cultural, Buenos Aires, Amorrortu, pp.13-39.

3 

Martínez, María. 2019. Identidades en proceso. Una propuesta a partir del análisis de las movilizaciones feministas contemporáneas, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas.