Calzones con sangre

Anna Lee Mraz Bartra

-A mi compañero lo noto bien, normal casi - les mencioné con tono melancólico.

-Pues sí, no es su cuerpo- respondió mi mamá. Sin intención de hacer valer menos los sentimientos de él, pero para hacerme comprender que quien recibía el impacto, físico sobretodo, era yo en esos momentos.

      Dejé que sus palabras resonaran dentro de mí, pero no hicieron efecto hasta que pasó el tiempo. Cinco días desde que comenzó la expulsión, aún no para el sangrado. Un sangrado espeso, de consistencia elástica. Deja manchas como estampas de corazones en la ropa interior.

      Octavo día y sigo lavando calzones en el lavabo del baño, desnuda de la cintura para abajo. Ellos no lavan calzones sangrados, pensé. Serán muy sus hijos, pero no lavan calzones sangrados.

      Los retortijones del bajo vientre llegan cuando menos se les espera. Pueden ser como un apretón firme de saludo de oficina entre trajeados; pero otras veces vienen como batazo que al contacto con la pelota genera un choque que te deja sacudiendo un rato. El balance energético de la colisión es la diferencia entre las energías cinética final e inicial. Todo esto me deja agotada y me recuerda un evento de mi pasado.

      Hace doce años llamé a mi ginecóloga de cabecera en México para informarle que me había hecho la prueba de embarazo y había salido positiva. Felicidades, me dijo. Respondí con voz temblorosa que no lo podía tener. Aún recuerdo que agregué: “No es que no lo quiera, simplemente ahora no puedo”. Esa doctora, al cerrarme las puertas, me llevó a tomar un camino que modificó mi vida para siempre.

      En ese entonces, recurrí al Internet en lugar de mi círculo más cercano. Encontré un número que me dictaba la pantalla y, tras hablar con una señorita del conmutador, terminé en una clínica particular rascuache de Iztapalapa acompañada de mi novio anterior. Anestesia completa y cuando desperté sucedieron cosas que, hasta la fecha -aunque estoy segura de que ocurrieron-, pongo en duda a mi mente de que así fue.

      El atravesar por aquella situación de vulnerabilidad, donde yo respondía en automático para poner fin a las modificaciones que el cuerpo comenzaba a preparar, adicionalmente de aquella cruel experiencia de la sala de recuperación cuando me encontré sola con el médico, dejó secuelas y cicatrices mucho más profundas de lo que jamás envisioné. Hace doce años, aunque por decisión, estuvo marcado por las condiciones que no permitieron que se llevara a cabo ni de forma libre ni de forma segura.

      Los gritos de mi hijo que juega en la sala me regresan al presente, donde tallo con jabón las manchas de sangre frente al lavabo del baño. Esta vez fue diferente, pienso.

      Ahora, aunque dejo ir mis ilusiones por el agua que escurre y deseaba con todas mis ganas aquella ilusión gestando, siempre me sentí segura. En la comodidad de mi casa era libre, y tenía la confianza de actuar como deseara si me pasaba algo inusual.

      Las circunstancias entre uno hace doce años y el otro apenas unos días atrás, marcada por la estructura social y el sistema de salud, cambiaron sustancialmente el resultado final de un mismo evento.



      También fue distinto el proceso emocional. Hace doce años tenía claro lo que debía de hacer porque mi futuro, aunque siempre incierto, no incluia una criatura en esos momentos. Algo que debía resolverse de manera sencilla, me dejó secuelas por años, no por la pérdida, sino por el abuso.

      Esta vez fue tan sencillo como debía de ser el procedimiento. Aún cuando sí deseaba a la criatura, sólo me he tenido que enfocar en procesar algo que no pudo ser. No sólo quería la ilusión que se gestaba en mi vientre, sino que había sido buscada y podíamos darle una bienvenida cómoda al mundo. No me arrepiento de mis acciones del pasado, me llevaron a ser madre cuando más lo quise y buscar un segundo que, por ahora, no pudo ser.

      Hoy, me resigno a procesar el luto de los sueños perdidos. Acepto con desgana las pesadillas que a veces me atormentan sobre lo que atravesó mi cuerpo. Y lavo calzones con pesadumbre y resignación. Suspiro para dejar ir.

      Una semana pasa y me revisa la doctora. La pantalla muestra que los medicamentos fueron eficaces. “Buen trabajo” me dice, como si fuera por mi voluntad o trabajo que todo aquel tejido saliera de mi cuerpo, expulsado a la fuerza como debía haber hecho naturalmente, pero no hizo. Me tomé unas pastillas, eso fue todo. Después me aferré a la almohadilla eléctrica cuando llegaron los retortijones, me cambié la toalla sanitaria a media noche y me tomé algo para el dolor. Al día siguiente le pedí a mi compañero que comprara otras sábanas. Fue todo lo que hice. Y tallar calzones con sangre. Lavar también las sábanas y el cubre colchón.

      Mi cuerpo, vehículo de la vida, se preparaba para maquinar la creación de un ser nuevo. Las náuseas venían acompañadas de destellos de ilusión y las ganas de vomitar me indicaban solo el inicio de lo difícil que es criar humanitos en este mundo. Sueños de una vida que jamás será, se fueron, la mitad al excusado y la otra a la basura.

      Nuestro cuerpo se prepara cada mes para la posibilidad de crear vida. Eso no quiere decir ni que todas querramos engendrar seres, ni que todas podamos, ni que todas lo hagamos en las mejores de las condiciones. Ninguna está exenta de tener que enfrentarse a la decisión de qué hacer con su cuerpo en algún momento determinado. Lo que sí, es que todas, sin importar estrato social, región, o etnia deberíamos tener el derecho de decidir y el ejercicio de ese derecho de manera libre y segura.

      Las mujeres de Argentina llevan la valiente batuta de conseguirlo para todas en su territorio. El movimiento feminista de base lo consiguió, con años, años, de lucha.

      Es una victoria resultado de la avalancha feminista que brota del hartazgo que tenemos de ser tocadas a placer del interesado y el valor de exponerlo en redes con el #MeToo; la indignación por las mujeres asesinadas en América Latina -particularmente en México, Honduras, El Salvador y Argentina- que han orillado a las mujeres a marchar en las calles al grito de #NiUnaMás (ni una muerta más), #NiUnaMenos (que no falte ninguna más).

      Celebro el avance de las mujeres argentinas. El triunfo lanza una luz que ilumina el largo camino que nos toca recorrer a las mujeres en otras partes del mundo por la libertad de decidir sobre nuestro propio cuerpo.

      En México aunque se logró este derecho en la Ciudad de México y en Oaxaca; Andrés Manuel López Obrador desea ponerlo a consulta de todos, un país donde 8 de cada 10 mexicanos se dice católico. Imaginemos el resultado de dicha consulta por un momento; pronostico un rotundo “NO” para la libertad de las mujeres e incluso un retroceso en aquello que se ha logrado con sudor, lágrimas y sangre. Los derechos, presidente, no se consultan.

      Ya estamos viendo retrocesos semejantes en países de supuesta avanzada. En Estados Unidos, la Corte Suprema emitió a tan sólo en los primeros 12 días del año 2021 su primer fallo en el tema de este artículo. Estableció un requisito federal para aquellas mujeres que buscar interrumpir su embarazo mediante medicamentos, pues ahora se les pide que recojan en persona la pastilla con su proveedor médico en lugar de la farmacia. Esto implica que quienes pudieran recibir la pastilla en la comodidad de su hogar, ahora deberán someterse a riesgos de salud graves e innecesarios en un país amenazado por el COVID-19; aunado a que afectará, una vez más, a las más desfavorecidas.

      Solo como dato, cinco estados —Georgia, Ohio, Kentucky, Misisipi y Luisiana— aprobaron leyes en el 2020 que prohíben el aborto a partir de las seis semanas: antes de que muchas sepan siquiera que están embarazadas.

      Una cosa es cierta, embarazo o no, lavaremos calzones con sangre. Lo sabemos todas quienes compartimos la lucha: aquella que decida interrumpir una gestación dentro de su cuerpo, lo hará bajo cualquier circunstancia aún si está prohibido. Si tan a favor de la vida están quienes se oponen, ¿Por qué no salvan a las mujeres en situación de vulnerabilidad? ¿Por qué no protegen y salvaguardan la vida de aquellos niños ya nacidos que no tienen ni qué comer? Porque no saben ni lo que es lavar calzones con sangre.

      “¿Cómo estás?” pregunta la gente inclinando la cabeza de lado para hacerme saber que saben. Ahí voy. Ahí vamos todas, juntas.

      18 días después de la expulsión, llegó inesperada. Como quien abre la llave del agua. Roja e intensa, ¿tan pronto? Te esperaba después. Otros calzones nuevos arruinados. Y a seguir lavando.

      Ahora no sabemos qué vendrá. La vida es así. Quizá parte de perder el embrión que se gestaba es una enseñanza para valorar lo que tengo en la vida. A veces vamos arriba, a veces vamos para abajo. Y, si tenemos la fortuna de hacer crecer la familia en algún momento, que venga sano y que sea feliz.

      Me doy el tiempo de procesar lo sucedido. Ya lo decidiré en su momento porque yo decido, porque es mi cuerpo y porque seré yo quien lave calzones ensangrentados.

Redwood City, 13 diciembre 2020.





Anna Lee Mraz Bartra

      Investigadora visitante del programa Research Justice Intersections, Mills College, Oakland. Profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctora con mención honorífica en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM donde fundó Disidentas. Gerente de proyectos en Casa Circulo Cultural sin fines de lucro en Redwood City, CA. donde ella tambien dirige el Laboratorio Social de la Mujer, un espacio de trabajo colaborativo y de apoyo que se beneficia niñas y mujeres locales de comunidades desatendidas, y enseña habilidades y liderazgo para los adolescentes. Productora y escritora de Peninsula 360 Press, una plataforma digital, intercultural y multiplataforma estudio de investigación y comunicación social.

      Autora de dos libros de cuentos infantiles bilingües para hispanos que viven en el Área de la Bahía. También trabajó como coordinadora de votantes de alcance en WeVoteRWC. Coeditora y autora del libro "Sociología con medios audiovisuales"; también escribió seis artículos de investigación publicados en los EE. UU., Australia, España, México y Argentina en revistas y libros.