Portada: Ilustración Cortesía de Patricio Betteo



La academia desde casa. Ciencia, género y cuidados en el contexto del confinamiento por COVID191

Cristina Palomar Verea

1. El encierro como medida ante la pandemia

      A principios del 2020 el mundo parecía estar en el punto de su mayor aceleración expresada en un nivel de consumo más alto que nunca y en una movilidad que rebasaba todos los índices históricos tanto por las migraciones masivas, motivadas por la pobreza o los conflictos, como por el turismo, cada vez más barato y accesible. Se vivía pues, al parecer, el clímax de la modernidad tardía y de la globalización. En ese punto, la pandemia mundial de coronavirus que en enero estalló en China y poco a poco fue extendiéndose por el mundo, detuvo drásticamente esta dinámica y trastornó la vida social en distintas formas si bien que con diferente intensidad en cada contexto a partir de las variables económicas, sociales y culturales que lo definen. A pesar de esas diferencias, en todas partes se ha recurrido al confinamiento en casa como uno de los principales medios de protección de la población, pero también como forma de reducir la expansión del virus y, de esa manera, disminuir las tasas de contagio y mortalidad.

      En algunos países o regiones este encierro fue una medida obligatoria y vigilada severamente por las fuerzas del orden, mientras que en otros fue solamente una sugerencia flexible y temporal, y en otros más una medida ambigua que se planteó como necesaria pero indeseable. Además, en unos lugares fue un recurso utilizado muy pronto y en otros, por el contrario, fue tardíamente puesto en práctica. A pesar de estas variaciones, podemos decir que esta medida, que implica la reclusión en el espacio doméstico con el mínimo movimiento posible hacia el exterior, ha representado una experiencia inédita en un momento en el que la humanidad se ufanaba de tener, como dije antes, la mayor libertad de movimiento y de consumo posibles.


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1 Conferencia inaugural del seminario virtual La investigación y la docencia en tiempos de pandemia: Una reflexión con enfoque género, organizado por la Coordinación para la Igualdad de Género en la UNAM, 1º de octubre 2020, 17 hrs.



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      Este súbito alto en la vertiginosa vida contemporánea ha revelado aspectos de la cultura y de la vida en general que la aceleración constante hacía invisibles o francamente imposibles de imaginar.



Sin buscarlo, el encierro por el coronavirus ha instalado una especie de situación experimental útil para indagar qué ocurre con las formas de vida contemporánea de las clases medias del mundo al aislar ciertas variables y ha permitido reflexionar acerca de cuestiones tales como, ¿qué ocurre cuando la gente, en lugar de vivir en el espacio público, se repliega en el espacio doméstico? ¿qué sucede entonces en ambos espacios? ¿qué modificaciones se dan en las actividades entendidas como propias de cada uno de ellos? ¿qué efectos se producen en los vínculos sociales de todo tipo a partir de la reducción del movimiento y el consumo a niveles mínimos? ¿cuáles son los efectos subjetivos e intersubjetivos del encierro? ¿qué consecuencias habrá de lo padecido en el encierro en el mundo post-COVID19?

      Es cierto que el encierro cobró significados específicos a partir de los factores estructurales y subjetivos presentes en cada experiencia. Han sido sobre todo las clases medias las que han podido realmente acatar esta medida con mayor rigor, ya que las clases más desfavorecidas tienen condiciones laborales, de vivienda y de servicios públicos que han hecho muy difícil guardar un confinamiento riguroso. Son las clases medias urbanas2 en las que los efectos de dicha experiencia pueden analizarse con mayor nitidez debido a la alteración radical que esta medida ha significado para la forma de vida que caracterizaba a este sector poblacional antes de la pandemia, en términos globales. Es pues en lo ocurrido en este sector en lo que se centra este trabajo.


      Bueno, pues el ámbito privado de los hogares de las clases medias ha sido alterado y sobrecargado con el encierro hasta el punto en el que, inevitablemente, se ha resignificado todo aquello que se consideraban propio de dicho ámbito: el descanso, la crianza, la fabricación de alimentos, las relaciones íntimas, las tareas de limpieza y mantenimiento, las interacciones afectivas con los otros miembros de la familia, el cuidado de la ropa, de las plantas y animales, la relación con los niños, los enfermos y los viejos, la atención de todos aquellos que quieren saber cómo estamos, la expresión de emociones y sentimientos. Sabemos también que, en lo general, han sido las mujeres quienes han estado confinadas en mayor número en relación con los varones, de manera que son ellas quienes han sufrido -una vez más- el alejamiento del espacio público, mientras que el ámbito privado ha adquirido tal centralidad que se tornó denso y asfixiante para muchas de ellas.



2 Si bien a nivel nacional el porcentaje de hogares que son ubicados por el INEGI en la categoría de clase media es del 42.4, a nivel urbano es el 50.1% de los hogares con el 47.0% de la población en dicho ámbito el que pertenece a la clase media (contrastando con el 28.1% de los hogares y 26.0% de la población en el ámbito rural). En términos absolutos, 12.3 millones de hogares y 44 millones de personas conforman la clase media en el país, lo cual quiere decir que tres cuartas partes de ambas magnitudes se ubican en el ámbito urbano. (INEGI, 2019).





      La cultura tradicional de género jugó en el encierro un papel adverso que tensó aún más las cosas, ya que desde dicha cultura suele considerarse “natural” que sean las mujeres quienes se ocupen del trabajo doméstico y del cuidado de los demás, y se les responsabiliza de las dificultades en este ámbito.


No obstante, para las mujeres no ha sido fácil lidiar con este ámbito sobrecargado; los varones, por su parte, suelen sentirse perdidos y amenazados al tener que encerrarse en un ámbito que “no es el suyo”, ya que el ámbito doméstico es considerado femenino (y feminizante) y el ámbito público es supuestamente masculino (y masculinizante). La creencia de que solamente se puede trabajar en el ámbito público y que lo que ocurre en la casa no es trabajo, genera inquietud y desasosiego en los varones quienes sienten demasiado cerca un universo ajeno a ellos, lo cual se ha vuelto inevitable con el encierro.


No obstante, para las mujeres, a quienes históricamente se ha considerado que tienen en el ámbito doméstico su “hábitat natural”, no ha sido tampoco fácil el confinamiento ya que tuvieron que enfrentar los quehaceres domésticos sin ayuda, a los que se les sumaron muchos otros generados por la emergencia sanitaria. La presencia sin pausa de los hijos pequeños o adolescentes con sus demandas y necesidades constantes, y la del marido con las suyas, puede explicar la complejidad de la experiencia. Al desempeño de las mujeres como madres, esposas o encargadas del hogar, se fueron sumando los papeles de maestras, de trabajadoras y vigilantes de la salud, así como las más frecuentes discusiones por la distribución equitativa de las tareas para salvar algo de tiempo para sí mismas. Hay que tomar en cuenta que, además, la experiencia del encierro no se compone solamente de lo que ocurre al interior de los hogares, sino también de todo aquello que compone la situación de pandemia: un contexto angustioso por el miedo a la enfermedad y las constantes noticias contradictorias y preocupantes de su avance en el país y en el mundo, la falta de claridad en el manejo de la salud pública con información confusa y medidas erráticas, el panorama económico incierto y oscuro, y todo ello empeorado por un clima de tensión política cada vez más agudo.


2. Alteración de la distinción público/privado

      ¿Qué ha significado en este contexto la experiencia de vivir en reclusión doméstica? ¿qué ha ocurrido con los vínculos sociales en esta experiencia? Si bien, como dijimos antes, en cada contexto esta experiencia ha tenido tonos distintos y particulares, esta medida, de manera general, trastornó la moderna división de los ámbitos público/privado. Nunca como ahora las tecnologías de la información y la comunicación habían sido tan eficaces para producir realidades virtuales deslocalizadas al llevar al interior de cada casa aquello que casi por definición pertenecía al ámbito público: el trabajo, la vida social, la escuela, los encuentros sociales, los rituales funerarios y religiosos, los espectáculos culturales, las visitas a los museos, entre otras. Pero también ha ocurrido que el ámbito privado se ha proyectado hacia el exterior a través de las pantallas y la virtualidad de las video conferencias, video clases y todas las video actividades, con las que, personas desconocidas o apenas conocidas, entran a la intimidad de nuestro espacio personal y pueden conocer aspectos de nuestras vidas que de otra manera nunca hubieran conocido: hábitos, gustos y, a veces, hasta a nuestros acompañantes. Los límites entre lo público y lo privado se han borrado, y se podría decir que lo que se entendía por “el hogar” parece haber pasado por un proceso de resignificación a partir de la experiencia del confinamiento por la pandemia cuyos efectos a largo plazo habrá que estudiar.

      En el encierro, el mismo espacio físico ha adquirido una nueva relevancia y se ha significado de manera distinta a partir de la pandemia. Su tamaño, su calidad y sus condiciones cobraron una importancia inédita. Contar con espacio iluminado, limpio, ventilado y agradable, además de suficiente para que quienes comparten el encierro descansen unos de otros o les permita momentos de aislamiento, soledad y silencio, se tornó fundamental, al igual que su funcionalidad y acondicionamiento. El número de habitaciones y ambientes distintos, contar con patio o jardín, así como lugar para almacenar víveres para largo tiempo, son aspectos que adquirieron mayor importancia e hicieron diferencias abismales entre las distintas experiencias del encierro por la pandemia.


Imagen de gaceta UNAM, 3 de septiembre de 2020, Número 5,143, p.5



      La modernidad tardía y su aceleración constante había restado peso al ámbito doméstico. En muchos lugares, este se reducía a un lugar dormitorio o prácticamente a un no-lugar -en el sentido de Augé (2003) -, o un espacio para acumular cosas necesarias a las que se echa mano en las pausas del trabajo, entre viaje y viaje, entre fiesta y fiesta o entre las múltiples actividades sociales que tienen lugar en el ámbito público, o cuando mucho, como espacio ocasional para recibir a otros. Cada vez se encontraban en los hogares menos bibliotecas, menos objetos artísticos o colecciones, y se volvió tendencia desechar todo “lo que no es útil”. La ideología Kondo (2014), tan de moda en nuestros días, es consistente con una forma de vida apresurada que menosprecia la vida solitaria y silenciosa, las actividades sedentarias o el gusto de conservar objetos solamente por placer estético o sentimental. Los jardines se transformaron en patios para evitar “basura” de árboles y plantas, las mascotas se consideraban molestias que solamente ensucian y huelen mal. Se construyeron miles de departamentos herméticos, “minimalistas”, impersonales y fáciles de limpiar, que se ofrecían a las nuevas familias en las ciudades de principios del siglo XXI.



      Sin embargo, la pandemia ha revelado que dichos espacios resultan muy poco vivibles para una experiencia como la del encierro. Cobrar conciencia de la fragilidad de la vida urbana, de los riesgos de las multitudes y del hacinamiento en el transporte público, así como de las dificultades para el abasto cotidiano, ha implicado cambios importantes en la definición de nuevos estilos de vida familiar. De hecho, en muchas de las grandes ciudades del mundo se registró una nueva tendencia en este sentido: las familias jóvenes quieren dejar sus departamentos chic de la ciudad por casas en pueblos cercanos o en el campo en donde puedan continuar con el trabajo a distancia gracias a Internet, que también les garantice, por ejemplo, un espacio para un huerto familiar y para que los niños puedan tomar el sol y jugar al aire libre. La vivienda de interés social deberá replantear el concepto de oferta para incorporar en sus diseños y proyectos la experiencia obtenida en el confinamiento.

Ilustración: Cortesía de Patricio Betteo
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      El encierro ha revelado también el gran peso que tiene en el ámbito privado el trabajo doméstico. Se ha cobrado conciencia de la gran cantidad de tiempo y energía que implica, así como de la dependencia que las familias tienen respecto al personal contratado para hacerlo a partir de las necesidades de una forma de vida acelerada entre el trabajo, la vida social y la crianza. En tanto que la reclusión exigía los menos contactos posibles con el exterior, hubo que prescindir del servicio doméstico remunerado y esta actividad se tornó central en la dinámica del encierro, lo cual tuvo al menos dos efectos: en algunos casos condujo al recrudecimiento de las discusiones intrafamiliares acerca de la forma en que se distribuyen las tareas domésticas y se obligó a los varones a incorporarse -de buena o de mala manera, y con buenos o nulos resultados- a estas actividades; o bien, en otros casos, las mujeres se vieron avasalladas por esta carga que se suma a todas las demás que el encierro llevó al ámbito doméstico resultando en un agotamiento de la energía, el tiempo y cualquier posibilidad de espacios para sí mismas. No es difícil imaginar que este tema estuvo entre los elementos que explican el alarmante incremento de denuncias de violencia intrafamiliar, ya que la mencionada cultura tradicional de género ha tensado las relaciones basadas en una rígida división sexual del trabajo doméstico (Hakim, 2005), agudizando las desigualdades.


      Las prácticas maternales también se han visto alteradas en el encierro por COVID19. Lejos de ser una “hecho natural”, la maternidad es una construcción multideterminada, y situada en coordenadas culturales y temporales específicas. Esto quiere decir que para ser entendida debe situarse en el contexto de la experiencia, y tomar en cuenta las variables que la impactan, así como el orden y el imaginario de género específicos del contexto. El confinamiento ha permitido situar esta experiencia y suponer que ha puesto a prueba a las formas contemporáneas de entender y vivir la maternidad, particularmente las de quienes han asumido el modelo de la “maternidad intensiva”, definida como una forma de ejercicio intenso de la maternidad, tanto en dedicación como en tiempo, que se sustenta en la teoría del apego el cual se fomenta a través de prácticas específicas como el porteo, la lactancia a libre demanda y por tiempo ilimitado, el colecho y otras. Esta forma de maternidad supone que la madre es la cuidadora principal si no es que exclusiva de los hijos, por lo que podría aventurarse la hipótesis de que la situación del encierro ha configurado el entorno ideal para ese modelo maternal. En conexión con esto, se sabe que ha aumentado el número de familias que comienzan a considerar para sus hijos la opción del homeschooling3, que, si bien no es nueva, con la experiencia del encierro ha mostrado sus virtudes a muchas familias inconformes con las debilidades del sistema educativo y de la vida urbana que la pandemia evidenció.



3 El homeschooling, “también conocido como Educación en Familia es una opción educativa a la que cada vez optan más personas en todo el mundo. Es una opción educativa en la que los padres deciden educar a los hijos fuera de las instituciones educativas tanto públicas como privadas. Son muchas las razones por las que los padres deciden educar a sus hijos en casa, en academias con apoyos externos o bien en la naturaleza, aunque la principal razón es la de estar en desacuerdo con el modelo tradicional de enseñanza que se oferta en el sistema educativo, apostando por una forma de aprendizaje innovadora.” (Martínez, 2018)



3. Efectos intersubjetivos del encierro

      La convivencia intensiva y obligada en el ámbito privado ha implicado un reto mayúsculo para los vínculos de quienes han debido vivirla en un mismo espacio. El cara a cara forzado por el encierro ha conducido a desestabilizar las relaciones familiares y amorosas, revelando que, en el contexto interrumpido de aceleración constante, muchos de estos vínculos tienen sentido y sobreviven gracias a la distancia que introducen entre sus miembros la vida social, la hiperactividad, los viajes y la presencia constante de otros. Es por esto por lo que la proximidad del encierro por la pandemia ha sido un reto considerable, ya que ha acarreado inevitables tensiones y la convivencia ha cobrado una intensidad no buscada e inédita. Sin posibilidades de huir o de esconderse, y luego de los largos días transcurridos en la proximidad, el otro se revela sin disfraces ni pretextos, la cercanía lo muestra desnudo en su humanidad sin adornos ni máscaras. En el confinamiento no ajusta el lugar para las ilusiones y los autoengaños sostenidos por las distracciones de la vertiginosa vida social propia de la forma de vida de las clases medias en la modernidad tardía. Aunque no hay todavía cifras confiables acerca de los divorcios o rompimientos de parejas durante el confinamiento en México, los medios de comunicación han informado que en muchos países dichas cifras se incrementaron notoriamente4.

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4 Ver, por ejemplo, en Estados Unidos, https://cutt.ly/kgHDOWm; en España: https://cutt.ly/0gHDDYd; en Argentina: https://cutt.ly/IgHDHCQ



      El proceso transcurrido en el encierro, no obstante, parece haber tenido distintas etapas; en las primeras semanas del encierro se registró un comportamiento curioso bastante similar a cuando los animales hacen su nido. La población hizo compras de pánico y almacenó no solamente alimentos sino otras mercancías cuya utilidad era menos clara, y se observó un ánimo positivo en relación con la posibilidad de pasar en casa más tiempo que nunca, sin las prisas y sobresaltos que impone la vida urbana y sin tener que desperdiciar tiempo en el tráfico y los embotellamientos. Mientras no se tuvo información más clara sobre el virus, se declaró una especie de temporada de vacaciones en reclusión doméstica, circuló una enorme oferta de publicidad de eventos culturales virtuales de todo tipo y la población se dispuso a disfrutar la pausa de la vida agitada. Se registró un elevado consumo de harina y la profusa circulación en las redes sociales de recetas para la fabricación casera de pan y otros alimentos. La gente parecía estar conociendo las ventajas de una vida doméstica sin prisas y sin exigencias externas, romantizando la vida familiar y hogareña y alimentando la idea de la “familia feliz”, como si “por fin” se hubiera logrado alcanzar una situación largamente deseada. Se observó la necesidad de encontrar las virtudes o “el lado positivo” a la situación del encierro: la intensificación del vínculo con los hijos; el fortalecimiento del apego de estos con su madre; la encarnación intensiva de un ideal maternal que incluye diversas facetas domésticas; una mayor convivencia y comunicación entre los que comparten el encierro; la suspensión del trajín del tráfico; el cultivo de plantas y hortalizas para autoconsumo; etc. Sin embargo, pronto apareció el otro lado del encierro: la ansiedad y, con esta, un apretamiento del control de unos sobre otros; una mayor confusión de lugares y límites en la familia; un recrudecimiento de la separación de los roles sexuales en la distribución del trabajo; la pérdida de la distancia que permite ver a los demás como otros desconocidos; una convivencia sobrecargada y tensa; un traslape constante entre el trabajo remoto, las exigencias de la maternidad y las actividades domésticas; la tensión entre la autoridad parental y la de los maestros a distancia; entre otros.


Imagen: Gaceta UNAM, 20 de agosto de 2020, Número 5,139, Portada


      Con el paso de los días y la acumulación de tensión y cansancio, la idea de la felicidad hogareña fue cediendo para dar paso a la evidencia de que la forma de vida apresurada y volcada al exterior no era solamente el resultado de un contexto condicionante, sino también una manera de evitar demasiada cercanía con el otro a quien se prefiere a cierta distancia, lo cual parece ser la marca de los vínculos sociales contemporáneos. En tiempos “normales”, los varones se alejan de la familia en su trabajo o en los lugares de sociabilidad masculina; los infantes y jóvenes tienen en las escuelas y otros espacios de socialización un reducto que oxigena sus vidas más allá de la familia y sus restricciones; y las mujeres aprovechan también el trabajo y otras actividades (las compras, el gimnasio, las interacciones derivadas de las escuelas de los hijos) para convertirlas en espacios de sociabilidad y distanciamiento de las exigencias de género vinculadas con la crianza y el ámbito doméstico. La libertad es algo que suele experimentarse lejos del ámbito familiar.

      Después de algunas semanas, ya que la percepción positiva del encierro comenzó a dar paso al cansancio, el aburrimiento y la nostalgia por la capacidad perdida de movimiento, se apreciaron irremediable e imperceptiblemente algunos efectos nocivos de este en los sujetos y en la convivencia. El poco contacto con el exterior llevó a la pérdida de perspectiva que hace que los sucesos más simples cobren una proporción desmesurada; podríamos decir que los días transcurren en un plano primario de reacciones y emociones, sobre todo en aquellas circunstancias en las que el ambiente se hace asfixiante. El encierro impidió mantener las actividades que suelen satisfacer los propios intereses y deseos, o disminuir la tensión de la vida cotidiana.

Sabemos que la convivencia cotidiana implica siempre elementos que son en sí mismos difíciles o desagradables, pero que al ser parte normal de la vida en la intimidad se sobrellevan con la ayuda de estrategias más o menos sencillas. Sin embargo, dichas estrategias se tornan inoperantes en la situación de encierro y la convivencia se vuelve insoportable configurando una situación explosiva.



      La ruptura de rutinas y actividades trastorna la percepción del tiempo, el cual pierde su potencial organizador. Todo esto empeora si se pierde el trabajo, si se presenta la enfermedad o la muerte, si hay dificultades económicas o no se pueden establecer acuerdos para una convivencia que permita a los involucrados tener espacios y tiempo de descanso.



      El conflicto es inherente a la convivencia y el hacinamiento produce reacciones de sobrevivencia muy violentas. Cuando la convivencia se torna abruptamente tan intensa y en un contexto de miedo, angustia e incertidumbre, es fácil comprobar que los conflictos se potencian y estallan con mayor violencia, lo cual se ha puesto en evidencia en muchos países durante el encierro por el coronavirus, según lo han reconocido diversos gobiernos. Según información de la ONU, desde el inicio de la pandemia y en comparación con el año pasado, se ha duplicado el número de llamadas a las líneas de ayuda en países como el Líbano y Malasia; en China se han triplicado; y en Australia, los motores de búsqueda como Google experimentaron el mayor volumen de consultas de ayuda por violencia doméstica de los últimos cinco años (ONU, 2020). En México, a partir de la emergencia sanitaria por el COVID19 se observó un aumento notorio en las llamadas al 911 y otras líneas de denuncia de violencia doméstica. El Sistema Nacional de Seguridad Pública (SMSP) informó que sólo en marzo -cuando se declaró la pandemia en México-, las llamadas se incrementaron 23% respecto al mes anterior, mientras que el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública reportó un aumento de 32% en el mismo lapso, sólo en la CDMX (García y Rojas, 2020).


      Este fenómeno incluye no solamente la violencia de los varones contra las mujeres, sino también la explicable violencia de las mujeres hacia sus hijos e hijas. Ellas son quienes pasan la mayor parte del tiempo en la casa y soportan más la presión de una convivencia sobre exigente y sobrecargada, sin contar con momentos para sí mismas ni ratos de aislamiento para recobrar la perspectiva. Así, son los infantes quienes reciben los efectos de la frustración y el hartazgo de los mayores, producidos por el encierro. Se sabe que “la tolerancia de los adultos hacia el funcionamiento infantil, frente a sus movimientos y preguntas, disminuye cuando están en estado de estrés o de desborde” (Janin, 1997), por lo que se hace imposible una conexión empática con los niños y sus necesidades.

      El encierro puso a prueba el bagaje subjetivo y los recursos emocionales y psicológicos de los adultos para enfrentar situaciones difíciles.

Imagen: Gaceta UNAM, 7 de septiembre de 2020, Número 5,144, p.10




      Cuando los adultos no han tenido una historia personal en la que no hubo suficiente contención, será mayor su dificultad para contener a otro, ya que el propio desvalimiento se reactiva con las crisis. Si están desbordados, ya sea por cuestiones internas como externas, las demandas de los niños y particularmente el llanto, les resulta insoportable. En ese punto pueden dispararse reacciones violentas con tal de silenciarlos y de eliminar toda exigencia infantil, toda perturbación. Es fácil que sobrevenga entonces el maltrato infantil. (Janin, ídem)



      Si bien es cierto que la presencia de la violencia durante el encierro por la pandemia del COVID-19 debe ser todavía estudiada en su fenomenología particular y en conexión con la coyuntura específica que dicha pandemia articuló, podríamos suponer que la presencia de violencia doméstica documentada en los medios de comunicación masiva en esta situación específica es, mayormente, un fenómeno ya presente en muchos de los hogares en los que se ha manifestado durante la pandemia. No obstante, hay datos para afirmar que la violencia doméstica que se ha registrado durante el encierro por el coronavirus ha aparecido también en hogares en donde no se había presentado antes, por lo que es posible suponer que es la misma situación de encierro un disparador de esta violencia. Y esto es importante porque nos obliga a entender que hemos sido víctimas de la pandemia y que, en tanto tales, no es posible sustraerse de sus efectos, no solamente de los más visibles como la salud o los económicos, sino también de otros menos visibles, como la alteración de nuestra forma de vida, de nuestras relaciones y de nosotros mismos.

      Las redes sociales han mostrado durante las semanas de encierro las quejas constantes por el cansancio que produce la vida en el encierro, ya que se han incrementado y concentrado las actividades sin tregua alguna. Se pasa del trabajo doméstico al trabajo virtual y al cuidado de los demás sin pausa y sin momentos de respiro, en medio de una confusión de lugares y roles, además de tener la atención dividida entre lo que ocurre en el ámbito doméstico, en los requerimientos del trabajo, el bombardeo de información acerca de la pandemia y su manejo por parte de las autoridades, y las preocupaciones por el futuro. Pero también se habla de ansiedad, de aburrimiento, de sufrimiento por la falta del contacto físico, de trastornos alimentarios y de agotamiento por el exceso de tiempo frente a todo tipo de pantallas y por la falta de límites para el trabajo remoto.


4. La docencia, el trabajo académico y la investigación en el encierro

      En este contexto, se plantea la siguiente pregunta: ¿qué ha ocurrido con el trabajo académico y de investigación en el contexto del confinamiento por la pandemia? Para hablar de este punto lo primero que debe hacerse es separar los distintos aspectos que se agrupan en esta pregunta. En cada nivel educativo se han enfrentado problemáticas particulares, así como cada tipo de institución educativa ha sufrido efectos específicos por el confinamiento. También las experiencias de los estudiantes son distintas que las de los docentes, a las que hay que sumar las de las familias que han tenido que resolver en sus hogares la atención educativa. Por otra parte, la investigación científica ha tenido sus propias dificultades subordinadas también a factores variables. Por último, hay que considerar el papel de las autoridades en relación con la educación y la investigación en el contexto de la pandemia. Todo lo anterior, además, muestra nuevas aristas si es analizado con perspectiva de género, lo cual intentaremos a continuación.


Imagen: Gaceta UNAM, 3 de septiembre de 2020, Número 5,143, p.4


  •       a. Las escuelas

      Quizá el elemento común a los distintos aspectos señalados antes es que el cierre de las escuelas de todos los niveles a consecuencia de la necesidad de confinamiento por la pandemia de COVID19 generó una crisis sin precedentes que reveló que estas instituciones son fundamentales no solamente por su papel educativo sino también por el que juegan de manera más amplia como institución social. Las escuelas, además de educar, son espacios de cuidado y socialización para la infancia y la juventud lo cual significa que tienen también un importante papel de cuidado y de responsabilidad social frente a las nuevas generaciones. Además, los tiempos que los alumnos y estudiantes pasan en las escuelas organizan la vida social. Por otra parte, hay todo un mercado relacionado con las actividades escolares, así que la escuela tiene también un peso económico.

      De esta manera, el aparato escolar, sea cual sea su formato, orientación o nivel, es una pieza clave para el orden social, por lo que, al suspender actividades se ha generado una severa crisis general. Muchas escuelas privadas y otros negocios vinculados han quebrado, y muchos maestros y empleados han sido despedidos. La distribución de alumnos entre la educación privada en aprietos económicos por la crisis generada por el desempleo y las escuelas oficiales que continuaron con el programa establecido por televisión, se desequilibró e introdujo nuevos retos en ambos espacios que pusieron aún más de manifiesto las desigualdades sociales que problematizan hasta lo imposible que muchos estudiantes puedan continuar con sus estudios por no tener acceso a los soportes tecnológicos que se han vuelto imprescindibles. La deserción escolar ha sido tan alta y el retraso general tan severo, que se ha llegado a afirmar que el desastre educativo provocado por la pandemia implicará un retroceso que podría ser de varias décadas y de varias generaciones perdidas.

      Esto no sorprende si se toma en cuenta que al desplazarse la función educativa al seno del hogar y quedar ésta en manos de las familias (más precisamente en las de las madres), al sustituir a los actores educativos tradicionales y los conocidos canales de transmisión de los contenidos de la educación, al quedar esta fuera de una institución específica, entre otras alteraciones, el fenómeno educativo ha sido fundamentalmente trastornado por el confinamiento que trajo la pandemia. Como vemos, el reto que dibuja este panorama para el futuro no será solo remontar el retraso educativo general, sino también recuperar el tejido institucional que sostiene la actividad educativa nacional.

  •       b. Las familias

      Es en las familias de las clases medias en donde se han registrado de manera más general los efectos más severos del encierro. ¿Cuál es el perfil del hogar de clase media mexicano, según el INEGI? Se ha dicho que, si del conjunto de hogares clasificados como de clase media se seleccionara uno al azar, lo más probable es que ese hogar tuviera las siguientes características: es un hogar nuclear de cuatro personas; tiene al menos una computadora; gasta alrededor de 4,400 pesos al trimestre en consumir alimentos y bebidas fuera del hogar; hay quien tiene tarjeta de crédito así como un integrante inserto en el mercado laboral formal; lo encabeza alguien que cuenta al menos con educación media superior y que su estado civil es casado; es más probable que quien trabaje esté inserto en el sector formal privado que en el gobierno; la educación pública sigue siendo fundamental; y, por último, para comprar una vivienda, se recurre más a los créditos de interés social y/o los recursos familiares que al crédito comercial bancario (INEGI, op.cit.).

  •       c. Los alumnos y estudiantes

      La premura que llevó a la Secretaría de Educación Pública (SEP) a tomar medidas para no detener el proceso educativo condujo a la decisión de llevarlo al ámbito privado, lo cual, además de tener hasta ahora resultados bastante dudosos en cuanto al éxito de la medida, ha tenido una serie de efectos negativos en los hogares, que van desde la alteración de rutinas y ritmos de vida familiar, hasta conflictos entre los roles de los padres y madres frente a los hijos, pasando por las dificultades para compatibilizar las necesidades educativas con el trabajo parental y la disputa entre los miembros de la familia por el uso del Internet, de la tecnología disponible y de los espacios de trabajo. Además, si nos atenemos a las evidencias que muestran que en la mayor parte de los hogares son las mujeres quienes han guardado confinamiento con sus hijos y que la mayoría de los maridos han continuado saliendo para trabajar, es obvio decir que es en las mujeres en quienes ha recaído el trabajo educativo con los hijos.

      La propuesta televisiva de la SEP está basada en un supuesto de género: que las madres, además de estar dispuestas a asumir esa labor, no son madres trabajadoras y que, además, frente a cualquier otra actividad priorizarán las necesidades escolares de sus hijos sin importar si tienen el tiempo y la capacidad para hacerlo, porque “toda madre se sacrifica por sus hijos”. Partamos de que, para los alumnos, sobre todo para aquellos que cursan preescolar y primaria, si no cuentan con la presencia de alguien que asegure la comprensión, la retención y la aplicación de los aprendizajes, los contenidos transmitidos por televisión les son irrelevantes. Además, dichos contenidos funcionan con el apoyo de los libros de texto gratuito que no han estado disponibles más que parcialmente en la mayoría de las escuelas del país. Hay que añadir que, a los contenidos televisivos oficiales se suma lo que en cada uno de los planteles se decide realizar para continuar con el trabajo con sus alumnos inscritos, para llevar el control y poder acreditar el aprendizaje de estos al final de ciclo. Lo que se transmite y lo que se hace en las escuelas transcurre por rumbos distintos y sin conexión, lo cual genera confusión en los alumnos y en quienes han intentado seguir las instrucciones en ambos medios.


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      Los docentes elaboran sus propios programas, materiales y actividades, dando por sentado que su cumplimiento debe ser vigilado y apoyado por las madres de familia. Los alumnos de preescolar y de educación básica necesitan apoyos de diversos tipos para estar en contacto con los maestros (como tomar acuerdos, enviar “evidencias”, etcétera) y todo esto recae en las madres de familia, quienes se ven sometidas a la presión de cumplir con estas exigencias para no ser cuestionadas como “malas madres” porque sus hijos no realizan todo lo que se les encarga o ellas no logran satisfacer las demandas de los docentes. Sabemos que la salud y la felicidad de los hijos suelen tomarse como indicadores del desempeño de las mujeres en tanto madres; ahora vemos que con el confinamiento se ha sumado a dichos indicadores el rendimiento escolar. En una investigación que realizo y que aún está en curso, los datos indican que solamente el 13.33% de las mujeres de los hogares de clase media mexicana con hijos menores de 14 años no tienen un trabajo remunerado. Eso quiere decir que el resto (86.67%) han debido lidiar en la pandemia con su propio trabajo, además de con las exigencias domésticas y de atención a la familia, viendo así potenciado enormemente el usual conflicto entre la crianza y el trabajo, agravado por las tensiones producidas por un ambiente doméstico sobrecargado. Para aquellas cuyo trabajo está fuera de casa el problema empieza con dejar a los hijos sin la compañía de un adulto; cuentan estas mujeres que, cuando regresan cansadas de trabajar, todavía tienen que revisar tareas, mandar evidencias a los maestros y hacer otras actividades de las escuelas de los hijos, además de cocinar, limpiar la casa y realizar las demás tareas domésticas. Para las que hacen trabajo remoto desde casa las dificultades no son menores, ya que han visto sobreponerse las actividades domésticas y las necesidades escolares de los hijos a las de sus actividades laborales, generando caos, una gran tensión e innumerables conflictos. Agreguemos a lo anterior la eventualidad de tener en casa o en la familia a uno de los 750 mil contagiados por el COVID19 que se han presentado a nivel nacional, según cifras oficiales. Sabemos que en estos casos el trabajo del cuidado y atención a la salud ha recaído también en los hombros de las mujeres por ser quienes pasan más tiempo en el ámbito doméstico y también porque se les asume de entrada dispuestas y calificadas para hacerlo. La medida oficial dictada desde el inicio de la pandemia de pedir a la población no acudir a los hospitales para evitar su saturación, condujo a que muchas de las personas contagiadas con el virus permanecieran en casa y fueran atendidas ahí por las mujeres, sin considerar que estas quedaban expuestas al contagio al no contar con equipos de protección ni, muchas veces, con la posibilidad de aislar a los enfermos.

      La mencionada estrategia educativa oficial al parecer tampoco consideró la disponibilidad en las familias de los recursos tecnológicos para llevar adelante la encomienda educativa.




       Si bien sabemos que, según el INEGI (2019), el 92.5% de los hogares mexicanos cuentan con televisión, sabemos también que solamente el 44.3% cuenta con una computadora. También INEGI (ídem) muestra que hay un 75.1% de usuarios de telefonía celular, pero no sabemos el número exacto de teléfonos inteligentes entre dicha población. Aun así, los maestros dan por sentado que los alumnos de los diferentes niveles educativos tienen acceso libre a un teléfono inteligente y a una computadora personal, y les encargan actividades que dependen de esos aparatos.



No se tomó en cuenta que la familia mexicana promedio tiene entre dos y tres hijos (Secretaría de Gobernación, 2019), cuyas demandas educativas se sobreponen. En el nivel superior y el posgrado se repiten las dificultades, pero se agravan por depender completamente de la comunicación virtual, de la disposición de herramientas tecnológicas y de conexión a Internet. Añadamos que, si hay solamente una computadora familiar y si el padre o la madre realizan trabajo a distancia, la dinámica familiar se vuelve muy compleja. Ante esto, es evidente que la brecha de desigualdad se ha ensanchado aún más que la previa a la pandemia, porque en muchos sectores y muchas regiones del país estas condiciones simplemente hacen imposible proseguir con la educación escolar.


  •       d. Los docentes

      Hay que señalar que la experiencia de los docentes en la pandemia ha variado en función no solamente del nivel educativo en el que trabajan, sino también de la zona en la que trabajan, si se desempeñan en la educación pública o privada y, de manera muy importante, de la generación a la que pertenecen.

      Se ha señalado (Núñez, 2019) que la docencia es un nicho laboral feminizado, sobre todo en los niveles básico y medio superior, por lo que podemos asumir que por lo menos en el sector educativo como campo laboral, muchas mujeres tuvieron en sus hogares el gran problema de lidiar entre su trabajo y las exigencias domésticas y familiares. No obstante, aquí es donde cobra relevancia la generación a la que pertenecen las docentes, ya que las distintas etapas del ciclo vital implican exigencias distintas. La situación más seria es la de las mujeres que tienen varios hijos menores de 14 años, es decir, gran número de mujeres entre los 35 y los 50 años quienes vivieron el confinamiento entre las exigencias de su propio trabajo docente, los requerimientos escolares de sus hijos y el trabajo doméstico.


      En la educación superior la media de edad de los docentes es más alta; sobre todo entre las y los investigadores. Esto se relaciona con el tiempo que se ha llevado la propia formación académica para poder ser docente de educación superior, pero también con un problema estructural de las universidades y de los aparatos de investigación derivado de un presupuesto que nunca ajusta para abrir plazas nuevas para los egresados de sus aulas y, mucho menos, para contratar nuevos investigadores. De esta manera, la media de edad de los docentes en la educación superior es más alta que en la educación básica y media superior. También en relación con estos niveles, la relación entre hombres y mujeres se invierte en la educación superior de manera que hay muchos más docentes varones que mujeres en este nivel.

      La experiencia de la docencia en el confinamiento para las y los profesores de nivel superior ha sido marcada por la súbita urgencia de utilizar formas de comunicación virtual para continuar con el trabajo docente. Si se toma en cuenta lo antes dicho acerca de la edad promedio entre estos docentes, se deduce que entre ellos no hay los llamados “nativos digitales”, que dominan sin problema el uso de la tecnología. Antes bien, son sujetos que, aunque en su mayoría manejan bien las computadoras y los teléfonos digitales, su labor docente se apoyaba poco en la tecnología y dependía mucho más del tradicional rol presencial del maestro frente a grupo. Por esta razón, para muchos docentes de educación superior la necesidad de aprender a toda velocidad y de manera autodidacta formas de impartir cursos, clases y seminarios en línea, ha significado un reto mayúsculo además de haber requerido gran cantidad de tiempo y esfuerzo para lograr dominar el uso de las diversas plataformas y los nuevos requerimientos para diseñar y operar las posibilidades que ofrece la tecnología, tanto para la docencia como para la investigación y la gestión académica a distancia. Este proceso ha sido acompañado por un monto considerable de desgaste y cansancio, al que se añade el generado por las horas clase pasadas frente a la pantalla y revisando las actividades, reportes y avances en el trabajo de los estudiantes, que en su totalidad son ahora en formato virtual.


Imagen: Pixabay


      Si bien no es lo mismo impartir clase en pregrado, en donde los grupos suelen ser mucho más numerosos que en posgrado, en todos los casos los docentes realizan su labor en el contexto doméstico, el cual irrumpe continuamente en la actividad laboral. Una profesora describe esta circunstancia de la siguiente manera:

El tiempo se descalabra. No hay límites entre lo íntimo y lo laboral, el home-office, el zoom, la demanda constante de reuniones de trabajo, las clases, las plataformas… tocan a la puerta, hay que limpiar, hay que cocinar, hay que lavar trastes, hay que hacer las camas, poner la lavadora, tender, doblar la ropa… al haber tenido que prescindir de las empleadas domésticas, la gran cantidad de trabajo doméstico ha tenido que ser realizado por mí. (HM, 2020)


      El trabajo se multiplica si aún hay menores en la familia a quienes hay que atender, acompañar y apoyar en su propio trabajo escolar, así como si hay enfermos qué cuidar. Otro profesor, señala:


la vida doméstica y familiar se mezclan con mis actividades de docencia e investigación de manera complicada. La separación entre el académico, el esposo, el padre de familia, parece que se ha borrado en el confinamiento. (AA, 2020)


      De esta manera, el trabajo académico no se ha interrumpido, pero sí ha estado sujeto a una larga serie de sobresaltos, cambios, tensiones y conflictos que lo han tornado agotador y estresante. La opinión de los estudiantes deberá tomarse en cuenta para evaluar el resultado de la docencia virtual en estos tiempos de confinamiento, considerando que en dicha opinión se reflejará la distancia tecnológica generacional. Algunos alumnos de pregrado reportan que los profesores, al impartir clases virtualmente, han aumentado la carga académica y multiplicado el tiempo que ellos deben destinar a los estudios, lo cual parece ser consecuencia de que los docentes quieren compensar su distancia con más actividades. Los estudiantes se quejan de cansancio y, en muchos casos, de poco aprendizaje.

  •       e. Los investigadores

      Hay datos que muestran que en la población de los profesores e investigadores universitarios la cultura de género es más laxa que en otros sectores poblacionales. Se observa en este sector una división sexual del trabajo doméstico más igualitaria, sobre todo en familias en que ambos miembros de la pareja son académicos. No obstante, también se sabe que, en los casos en los que debe decidirse cuál de los dos miembros de la pareja dé prioridad al trabajo por encima de las necesidades domésticas, suelen ser los varones quienes tienen más condiciones para realizar su trabajo y las mujeres quienes deberán atender las necesidades domésticas. Pero también las académicas tienen más conciencia de género y están más dispuestas que las mujeres de otros grupos poblacionales a defender su derecho a tiempos de trabajo equitativos, lo cual ha llevado a la necesidad de nuevas negociaciones para equilibrar las cargas del trabajo doméstico, así como a un aumento de conflictos entre las parejas. Se puede prever que los resultados de la productividad académica sobre todo de las mujeres en el 2020 caerán sustantivamente en comparación con la de otros años y con la de sus pares varones en este mismo periodo.


Imagen: Gaceta UNAM, 1 de octubre de 2020, Número 5,151, p.26

      En cuanto al trabajo de investigación, hay que señalar que el confinamiento ha impactado este quehacer en diversos niveles y de diferentes maneras, dependiendo del área de conocimiento en el que se investiga, pero también del estilo de vida que se tiene. Por una parte, el ya viejo conflicto entre los tiempos que la docencia consume cada vez más y los tiempos para la investigación se agudizó en esta situación ya que el aumento en el tiempo que ha requerido el aprendizaje para realizar la docencia a distancia ha disminuido aún más los tiempos para la investigación. Por otra parte, la investigación ha debido restringirse casi totalmente a las posibilidades que da la tecnología desde el confinamiento. La mayor parte de los investigadores se han visto forzados a suspender el trabajo de campo o de levantamiento de información empírica, para concentrarse en el llamado “trabajo de gabinete”, es decir, en la revisión de bibliografía, en la escritura, la investigación documental, la búsqueda de fuentes en línea, la redacción de reportes e informes retrasados, entre otras actividades. En las áreas en las que se realiza trabajo de laboratorio las dificultades han sido diversas y en muchos casos, insuperables, generándose así grandes pérdidas de información y de recursos.

      En el área de las Humanidades hay investigadores que afirman que su trabajo no ha sido sustancialmente alterado más que al no poder consultar archivos o bibliotecas, o por la demora en conseguir textos de apoyo. Otros que hacen investigación en las Ciencias Sociales relatan que no suspendieron el trabajo de campo, recurriendo a estrategias creativas para lograrlo. Una antropóloga continuó esta fase de trabajo con el apoyo de gente local, haciendo entrevistas a sujetos que formaban parte de su entorno cotidiano y a quienes continuaban frecuentando a pesar de la pandemia. También hizo entrevistas telefónicas, y solicitó a una asistente hacer auto etnografía de sí misma y su familia. De esta manera está logrando reunir gran cantidad de datos de campo. Otra investigadora echó mano de herramientas digitales para recabar datos que luego complementó con entrevistas virtuales. Un investigador más reporta la realización de entrevistas individuales y grupales a través de plataformas virtuales para la producción de datos. Aunque se reconoce que nada suple el contacto cara a cara y que la información obtenida por vía virtual tiene claras limitaciones, también se manifiesta que la tecnología ha posibilitado el diseño de estrategias nuevas que tienen sus ventajas.


      Algunos investigadores, sin embargo, han reportado impresiones contradictorias respecto al confinamiento. Algunos -tanto hombres como mujeres-, se han sentido complacidos por la disminución drástica de las necesidades de movilidad por la ciudad que ha redundado en mayor tiempo para trabajar en casa, y hasta han reportado aumento notorio en su productividad en aspectos siempre postergados por las prisas del trabajo cotidiano, como terminar de escribir libros u otros textos que durante mucho tiempo estaban inconclusos porque lo impedía el ritmo vertiginoso de la vida académica; o la elaboración de reportes de investigación que no podían llegar a escribirse; o el procesamiento y análisis de los datos producidos en trabajo de campo y guardados en espera del momento de paz para hacerlo; o la posibilidad de actualizar los propios conocimientos en manejo de software o de otras herramientas útiles para la investigación; o la lectura de los libros acumulados durante meses sin lograr leerlos; entre otros.



      Algunos investigadores señalan que la quietud del confinamiento les ha permitido mayor concentración para trabajar, pero otros señalan que la incertidumbre que acarrea la pandemia en un sentido amplio ha limitado precisamente las posibilidades de concentración.



Imagen: Pixabay


Por otra parte, algunos investigadores afirman que se ha incrementado considerablemente el tiempo de reuniones e interacciones virtuales para discutir y conversar con colegas locales, nacionales e internacionales. Se participa en webinars, conferencias, conversatorios, cursos y mesas redondas virtuales más que nunca. Hay que observar que mientras antes de la pandemia la realización de estos encuentros internacionales dependía de conseguir el siempre huidizo presupuesto para viajar o invitar a los colegas, el confinamiento ha mostrado que la vía virtual hace posible su realización de manera más rápida y sencilla con excelentes resultados. No obstante, algunos dicen resentir mucho la falta de contacto con los estudiantes y los colegas, otros dicen extrañar la movilidad, los viajes y las reuniones presenciales de trabajo.


      Por otro lado, hay que señalar que la investigación, como todo trabajo creativo, requiere de un buen estado de ánimo. En este sentido, algunos investigadores reportan que la saturación de tareas y trabajos en torno a cuestiones docentes y de gestión académica en el aislamiento, merman el ánimo y la energía para hacer investigación. Otros han señalado que han tenido que dosificar la información que se recibe del entorno político y sanitario para no sucumbir a la zozobra y las preocupaciones que impiden la concentración y el avance del trabajo.

      En este punto resulta interesante recordar lo planteado por Hanna Arendt en relación con los riesgos del aislamiento: la incapacidad de actuar (se actúa entre y con los demás) y la falta de poder (pues el poder deriva de la actuación conjunta). El aislamiento, que esta filósofa asoció con el totalitarismo, es la fuente de la impotencia. Habrá que preguntarse qué efectos tendrá el aislamiento en el conjunto de profesores e investigadores como cuerpo social crítico y productor de conocimiento, en el contexto actual de incertidumbre y debilitamiento de las instituciones. Sobre todo, en el desolador panorama que dibuja el menosprecio del gobierno federal hacia los científicos y los académicos, el cual parece no comprender la naturaleza de este campo de trabajo y que ha redundado en afectaciones relevantes para su desempeño y avance, y en políticas públicas de ciencia y tecnología que reflejan tanto el menosprecio como la incomprensión.


Imagen: Pixabay


5. El género en el encierro y más allá

      Hemos dicho que la cultura tradicional de género jugó en el encierro un papel adverso que tensó aún más las difíciles circunstancias de la pandemia. Consideremos que lo que ocurre en el ámbito privado en términos de género no está desconectado del orden de género en el amplio sentido del término. El género es un elemento de la estructura social que encarna en los sujetos quienes lo actúan en el ámbito privado y en las relaciones intersubjetivas, asegurando su reproducción. Es por esto por lo que en el contexto de la pandemia es importante reflexionar acerca de cómo ha intervenido el género en la coyuntura actual, más allá del confinamiento.



      Desde hace tiempo se sabe que el género es un determinante social en la salud, porque es el factor que produce mayor desigualdad al relacionarse de distintas maneras con la vida social. Una de estas es la feminización de ciertos nichos laborales que resultan ser más vulnerables al contagio al considerarse esenciales y por lo tanto no haberse podido suspender, tales como la enfermería, los servicios de limpieza en empresas, el trabajo de cajeras, entre otros.



      Los datos que aporta la OMS (López, 2020), en relación con lo ocurrido en la contingencia sanitaria en el 2003, resultan útiles para imaginar los datos de la presente pandemia: más de la mitad de los contagios fue en mujeres y el 21% de los casos fue justamente en quienes realizaban labores de cuidado y en el ámbito de la salud. En junio de 2020 se informó de que, en México, las mujeres eran el 57% de los casos reportados positivos al COVID19 entre el personal de salud, y el 29% de las muertes. La feminización de la profesión de la enfermería ha implicado que en este gremio se haya registrado un elevado número de contagios de mujeres, mayor que el registrado entre el cuerpo médico, muchas veces debido al insuficiente equipo de protección de calidad para trabajar con seguridad. A esta situación hay que sumar el peculiar fenómeno vergonzosamente nacional de las agresiones al personal médico y de enfermería en las calles o en el transporte público, que en un 70% ha sido contra mujeres.


      Cuando el COVID19 llegó a México, el sector de atención a la salud había sido debilitado y la violencia social estaba en su peor momento histórico, lo cual se sumaba a las numerosas debilidades económicas y sociales que no han hecho más que agudizarse durante estos meses. En noviembre de 2019 se declaró a la economía nacional en recesión; a esto se sumaba un presupuesto sin alzas fiscales a pesar de la grave falta de servicios públicos para atender a las capas más pobres de la población, la informalidad del mercado laboral y uno de los salarios promedio más bajos de todo el continente.

      En específico, la violencia contra las mujeres era más grave que nunca. Once mujeres morían de manera violenta cada día. La prensa informó de que en marzo de 2020, se abrieron 20 mil 232 carpetas de investigación por el delito de “violencia familiar”, la cifra más alta desde 2015. Es 14% más que las denuncias presentadas en febrero, antes de que iniciara la cuarentena, y 19% más que el promedio mensual registrado durante todo 2019. Los medios señalan que las llamadas al 911, clasificadas como por “violencia familiar”, “violencia en la pareja” y “violencia contra la mujer” sumaron 113 mil 657 en marzo, un 22% más que en febrero y lo cual significa 153 llamadas cada hora en todo el país. Si bien no hay datos desglosados por sexo, otro aumento insólito fue el de diversos delitos sexuales. En marzo de 2020, hubo 688 carpetas de investigación abiertas por acoso sexual, un 56% más que en febrero y 96% más que el promedio mensual de 2019. Por violación simple fueron mil 268, un aumento de 12%, y por abuso sexual, 2 mil 520, un 26% más que el mes previo. (Arteta, 2020).

Ilustración: Nury Cattán
Enlace: @nurycattan
Instagram de Nury Cattán




      En este contexto ha sobresalido la poca sensibilidad del presidente de la república tanto para la dimensión social de la crisis de salud y sus efectos sociales, como con los padecidos por las mujeres. Esto último se evidenció en dos declaraciones realizadas en las conferencias matutinas que entrañan graves implicaciones: en una afirmó que las familias son el principal sistema de salud del que se dispone en México, y que, como “las mujeres son más apegadas a la familia”, ellas cuidarían a los enfermos. La segunda la hizo cuando se le cuestionó acerca del elevado número de llamadas telefónicas para pedir ayuda por violencia intrafamiliar y el presidente contestó que el mayor porcentaje de dichas llamadas eran falsas. Más recientemente, esa misma falta de sensibilidad se ha mostrado ante la ocupación de la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos por parte de familiares de víctimas de la violencia, acción que se redujo a su preocupación por lo sucedido con un cuadro, así como ante las movilizaciones feministas disparadas por los escandalosos casos recientes de violencia contra las mujeres.



      El nuevo gobierno también ha mostrado desinterés por las políticas de género, las cuales han sido reducidas a la legislación sobre equidad de género y a dar financiamiento directo a las familias, pero sin una verdadera y amplia política de género. Desapareció el presupuesto federal para las alertas de género en los Estados donde hay más feminicidios y, al cortar de tajo los apoyos a todas las agrupaciones civiles, incluyendo las estancias infantiles y los albergues para mujeres violentadas, se afectó seriamente a las madres trabajadoras, un sector vulnerable y en condiciones de informalidad, así como a las mujeres victimizadas. Esta ausencia de políticas de género ha implicado un regreso encubierto a privatizar la salud, la educación y el cuidado de infantes y personas mayores, a costa del trabajo no remunerado de las mujeres. No solamente se ha asumido que es necesario que ellas lo realicen, sino que se han suspendido los apoyos que se habían conquistado para ampliar sus libertades, facilitar su existencia y garantizar la posibilidad de participar en el mercado laboral.

      Lo anterior se ha querido justificar con el argumento de una necesaria austeridad y se insiste que se protege a las mujeres; sin embargo, en los hechos, la vida cotidiana para ellas ha cambiado poco: siguen enfrentando durante la pandemia y de manera más aguda, el conflicto entre la crianza y el trabajo, la violencia doméstica, la inseguridad en el transporte, el acoso en la calle, el maltrato, el feminicidio y la discriminación.


Ilustración: Tallulah Lines
Enlace: linestallulah.wordpress.com
@tallulahoola
Instagram de Tallulah


6. A manera de conclusiones

      El análisis de lo ocurrido en términos de las medidas implementadas por el gobierno federal para la atención de los efectos de la pandemia, particularmente en relación con la salud y la educación, nos lleva conclusiones poco alentadoras. Por una parte, y a pesar de que es más que patente que los desastrosos efectos de la pandemia tienen que ver con el desconocimiento del virus que la ocasiona y que su detención depende del valioso trabajo de los científicos que lo estudian, en nuestro país no se reconocen ni se apoyan la ciencia y el desarrollo tecnológico como vías para la comprensión y la explicación del mundo, y de los diferentes fenómenos que lo afectan en todas sus dimensiones. Con una visión simplista y muy restringida acerca del papel de la ciencia y la tecnología, se ha golpeado y menospreciado a los científicos y a los intelectuales transmitiendo el mensaje de que son prescindibles porque lo único importante es la lucha contra la pobreza y el cambio de una extendida cultura de corrupción. Lo que no se entiende es que es justamente para tales empresas para lo que resulta fundamental contar con científicos, académicos e intelectuales que aporten su conocimiento y sus explicaciones para la transformación del mundo en uno mejor.

      En relación con los efectos sociales de la pandemia, el panorama no es más alentador. Antes de profundizar les doy el dato de que, en Alemania, el gobierno resolvió otorgar 600 euros en dos entregas a cada familia, como medida de reconocimiento y retribución por el esfuerzo realizado en los hogares durante la pandemia. En México, en cambio, tanto la atención de la salud como la educación preescolar, básica y media han sido transferidas sin consulta alguna y sin reconocimiento explícito, a las mujeres mexicanas. La salud y la educación, dos de las principales responsabilidades históricas del Estado Mexicano se han delegado en esta emergencia sanitaria tácitamente a las mujeres, a quienes se asumió como “naturalmente dotadas” para dichas tareas y dispuestas a hacerlas sin retribución alguna. Esto no ha sido acompañado de ninguna medida de apoyo, compensación o reconocimiento por parte de quienes les han delegado sus funciones.

Imagen: Pixabay


      Notemos que estas medidas entrañan graves supuestos de género, en un contexto en el que es fundamental cambiar una cultura en la que, de manera naturalizada y legitimada, se discrimina, se abusa y se violenta a las mujeres de manera sistemática. Se asume que el trabajo de cuidado y el trabajo educativo pueden y deben ser realizados por las mujeres en el interior de sus casas, lo cual implica suponer también que hay un modelo único de familia en el que las madres permanecen en casa y tienen disposición de tiempo, capacidad e interés en realizar dichas actividades; se supone también que se trata de actividades que no implican ningún costo económico porque se realizan por amor y sin esperar remuneración alguna; también que las mujeres no participan en el mercado laboral y, por lo tanto, tienen todo el tiempo disponible para cuidar a los demás y realizar el trabajo educativo; se supone también que hay un varón en la familia que es el proveedor y que por esa razón no participa en dichas actividades; asimismo, que la familia cuenta con los recursos para realizar estas labores sin necesidad de apoyo suplementario de ninguna naturaleza; y, por último, que el modelo de división del trabajo en la familia es el de roles separados y que se lleva adelante sin conflicto. De esta manera, la economía nacional se beneficia más que nunca del trabajo invisible y gratuito de las mujeres sin necesidad de transparentar qué pasa con el dinero público asignado tanto para la salud como para la educación pública que, de manera sigilosa, han sido convertidas en actividades privadas que están bajo la responsabilidad familiar. El ahorro que ha hecho el gobierno federal a costa del trabajo que las mujeres han hecho en sus hogares es incalculable, como también lo es el costo que han tenido que pagar las mujeres.

      Así, las mujeres conforman el sector que ha resultado más explotado para atender las necesidades sociales generadas por la emergencia sanitaria y esto, lejos de reconocerse o de ser útil para estimular el diseño de sólidas políticas de género, se omite de la narrativa oficial porque, como siempre, el trabajo invisible de las mujeres no se contabiliza porque se asume que se hace por amor y, por lo tanto, no tiene valor económico. Esto implica pues un esquema muy tradicional de las relaciones de género, pero también devela a un Gobierno que no es solamente insensible frente a las demandas constantes de un sector de la población que exige justicia y reconocimiento de sus derechos, sino que abusa abiertamente de quienes han sido el soporte real de la golpeada sociedad mexicana y de la maltrecha economía nacional.

      Lo más serio de todo esto es que cada mujer ha vivido en el aislamiento su propio drama, por lo que no hay conciencia de que se trata de un problema colectivo que no es producido ni por las deficiencias familiares o las incapacidades individuales, sino por una situación que rebasa con mucho la voluntad personal de solucionar los problemas de salud y de sacar adelante la educación de los hijos, así como por una cultura de género que ha sobrecargado a las mujeres más que nunca y por una muy deficiente estrategia por parte de las autoridades federales de salud y educativas que aprovechan dicha cultura de género sin tomar en cuenta sus efectos en las mujeres, y sin considerar que de esa manera se legitima el menosprecio a su trabajo y la discriminación.

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