Vogue: líneas y poses de una subcultura

Bryan Cardenas y Leah Muñoz | Fotografías: Miguel Ángel Rojas Santoyo




Dentro del baile urbano mexicano se vive el auge de un tipo particular de danza, conocida en la escena LBGTI+ como “Vogue”. Actualmente encontramos cinco casas consolidadas en la zona conurbada de la Ciudad de México. Dichas casas son, en orden de creación, House of Machos, House of Apocalipstick, House of Drag, House of Shiva y, de reciente formación, House of Queens. Hay, asimismo, otros grupos que tienen el deseo de constituirse como casas y entre estos podemos mencionar House of Tepayotl y House of Xolos (ubicada en Morelia).

¿Qué es el Vogue?

Como danza, pero también como subcultura, el Vogue nace en el Harlem de la década de 1960 entre comunidades integradas por personas homosexuales y trans —travestis, Drag Queens, transexuales y transgénero— de origen principalmente afroamericano y latino que vivían marginadas tanto por razones relacionadas con su orientación sexual o identidad de género como por su condición de clase y raza. Como se observa en el afamado documental Paris is Burning (Livingstone, 1991), muchas de estas personas se dedicaban al trabajo sexual y habitaban en la liminalidad de una sociedad blanca y cis-heteropatriarcal que no solo no ofrecía espacios para estas comunidades, sino que abiertamente las excluía de diversas zonas y actividades sociales.

Por tal razón, retomaron la cultura de los bailes de salón —conocida como Ballroom— que había surgido en la década de 1920 y cuyos orígenes se remontan a eventos de las sociedades aristocráticas. En cualquier caso, para las primeras décadas del siglo XX en Nueva York, el Ballroom había evolucionado en una nueva escena que conjugaba el baile y el travestismo. Para la década de 1960, la reapropiación de dicha cultura por las comunidades ya mencionadas dio lugar al nacimiento del Vogue como subcultura y como un nuevo género de danza.

En sus inicios, esta nueva escena contó con la participación de mujeres trans, Drag Queens y homosexuales que, inspirados en la famosa revista Vogue, innovaron al crear un baile en el cual las poses eran el elemento central de una nueva estética que fue forjando diversos estilos de baile, los cuales hoy en día han venido a denominarse como Old Way, New Way y Femme. Más allá de sus diferencias, todos estos estilos provienen de la pasarela o Runway que ya se practicaba en la escena Ballroom y que emulaba la dinámica de los concursos de belleza y su culto a la alta moda y a las modelos que icónicamente la exhiben.

Como su nombre lo indica, el primero de estos nuevos estilos fue el Old Way o Viejo Camino, cuyo nombre original era Pop Dip and Spin, que alude a sus elementos más representativos: giros y caídas. En este estilo, los elementos emblemáticos son trazos lineales y ángulos rectos; personajes como Willie Ninja fueron los impulsores de esta sofisticación de la pasarela original al añadirle precisamente esos elementos y diversas poses que remitían a culturas entre las que podemos mencionar a los Ninja de los que el propio Willie tomaría su nombre como figura y, a la postre, como padre de la casa del mismo nombre (House of Ninja).

El siguiente estilo en desarrollarse sería el New Way o Nuevo Camino. Sus atributos fundamentales consisten en añadir a los elementos ya existentes nuevos movimientos con contorsiones e ilusiones de manos que implicaban un ritmo musical más acelerado y que demandaban del bailarín mayor velocidad. Javier Ninja, de la casa ya citada, es quizás uno de los máximos exponentes de este estilo. Queda para la posteridad detallar los motivos que dieron lugar a la ruptura entre el Old Way y el New Way pero, de cualquier modo, hubo una transición generacional en la cual la pandemia del VIH-sida jugó un papel que no hemos terminado de ponderar.

Finalmente tenemos al estilo más popular de México, el Femme; como su nombre lo indica, este estilo enfatiza la femineidad al punto de exagerarla. Integra elementos nuevos, como el Catwalk (o caminar de gato) y modifica elementos ya existentes, haciendo de las caídas actos mucho más espectaculares y que se combinan con giros mucho más veloces que en los estilos anteriores. Representante de fama internacional de este estilo es Leiomy Maldonado (famosa mujer trans y madre de House of Amazon, de recientemente creación).

Más allá de este breviario histórico, el Vogue Femme puede caracterizarse por un conjunto de cinco elementos que le dan identidad y que fueron entrando en este tipo de danza en las últimas cinco décadas: i) el Catwalk o caminar de gato que ya hemos comentado y que es la base del desplazamiento del bailarín en la pasarela, ii) el Duckwalk o caminar de pato, en el cual el bailarín se acuclilla en la pasarela, ya sea para desplazarse a través de esta o para incorporar algunos de los elementos que mencionaremos a continuación, iii) el Hand Performance o movimiento con manos, cuyo cometido es adornar y acompañar la estética conjunta del baile como un todo, iv) el Spin and Dip o Giros y Caídas que, como su nombre lo indica, consiste precisamente en introducir un elemento dramático que irrumpe en la fluidez de la danza al engarzarse con ritmos musicales que demandan la atención del espectador y que generan un clímax momentáneo que canaliza las emociones colectivas y conduce a la celebración del desempeño y talento del ejecutante, y v) el Floor Performance o rutina de piso en la cual el bailarín se desplaza mientras ejecuta poses y contorsiones con las cuales expresa o transmite una diversidad de emociones que enfatizan la sensualidad y sexualidad de su cuerpo.

Las casas de Vogue suelen estructurarse a la manera de “familias” con madres y padres, es decir, personas que guían tanto dentro de la danza como fuera de esta a los miembros de sus respectivas casas. De nuevo aludiendo a la película de Paris is Burning, allí se puede observar que originalmente el sentido de estas casas no era únicamente el de crear jerarquías dentro del baile, sino fundamentalmente el de generar vínculos emocionales y de solidaridad en un ambiente de marginalidad que ya hemos mencionado. En México, las casas de Vogue no necesariamente cumplen este último aspecto, aunque al menos una casa —House of Drag—se estructuró en un primer momento en una dinámica muy semejante a la aquí reseñada.

Sin embargo, la comunidad Vogue en México comparte hoy una historia que comenzó gracias a Anuar “Any Funk” Alvarado —madre de House of Machos— y pionero del Vogue en México. Any formó a Óscar Zion —figura del Vogue mexicano y miembro de House of Machos—, Bryan Cardenas —madre de House of Drag— y a Annia Cabañas —una de las mejores exponentes del Old Way en México y también miembro de House of Machos—; en cierto sentido, todos los que participan de la escena Vogue mexicana son ya sea alumnos del propio Any o de la gente que él formó.

Any, a su vez, vivió en Los Ángeles y fue allí donde entró en contacto con la escena Vogue californiana, en la cual conoció a personajes como Víctor Manoel y Archie Burnett. Al volver a México, comenzó a impulsar este género de danza en diversos estudios de baile de la Ciudad de México. Empero, sería hasta 2015 cuando la comunidad maduraría lo suficiente para celebrar su primer Ballroom tras prácticas públicas por varios meses en el bar gay La Purísima, que organizó Franka Polari, madre de House of Apocalipstick.

En 2016, la comunidad ha crecido exponencialmente y ha ido ampliando tanto el número de sus integrantes como los espacios y eventos en los cuales está presente, rebasando los espacios de la propia comunidad LGBTI+ y ganando visibilidad en espacios culturales o feministas. No queremos dejar de mencionar dos aspectos que consideramos centrales en la historia del Vogue mexicano. Primero, que actualmente convoca a personas mayoritariamente LGBTI+, pero que provienen de muy diversos contextos socioeconómicos y culturales, evocando los espacios descritos por cronistas famosos, como Novo y Monsiváis, que describieron una comunidad cuya marginalidad permitía cruzar barreras de clase y cultura. En este sentido, el Vogue mexicano es hoy en día uno de los contadísimos espacios en los cuales esta vieja dinámica aún persiste.

Segundo, es menester dejar patente que el Vogue en México, al ser una danza urbana, no nació en foros culturales copados por clases medias, sino que muchos de sus fundadores en nuestro país provienen de la periferia de la Ciudad de México y encontraron en esta danza una forma de lidiar con la marginalidad de las vivencias LGBTI+ en barrios ajenos a esa burbuja de aparente integración que son las colonias Roma, Condesa o sus alrededores.

Lo anterior de cierta manera representa uno de los retos que la comunidad Vogue habrá de enfrentar en el futuro inmediato. Y es que, como en otros fenómenos que surgieron a modo de subculturas marginadas —como el propio Drag—, lo que observamos hoy en día es lo que podríamos llamar una “gentrificación” de prácticas culturales que están siendo expropiadas por clases medias. Ello no sería necesariamente un problema si no fuera porque esto suele implicar una serie de dinámicas perniciosas que terminan por mercantilizar dichas prácticas —por subsumirlas ante el capital a modo de mercancías que ocultan las relaciones humanas de esta danza para mostrar un mero espectáculo carente de historia—, por un lado, mientras que, por otro lado, terminan por reproducir las dinámicas de exclusión que en un primer momento llevaron a la creación de estos espacios.

En este sentido, vemos con preocupación la forma en la cual el Vogue puede dejar de ser un espacio de reunión para una multitud de sujetos que buscan expresar sus vivencias y generar nuevas relaciones eróticas, afectivas y solidarias para dar lugar a un espectáculo en el cual integrantes de clases medias o altas, ya sean éstas LGBTI+ o no, terminan por consumir voyeurísticamente el talento y experiencia de personas subalternizadas a las que se les expropia de un elemento central de su forma de estructurar un mundo.

Si esto ocurriera, se perdería mucho de la dimensión transgresora del propio Vogue ya que, si bien en este baile urbano se posibilita la exploración de la feminidad en cuerpos masculinos o la masculinidad en cuerpos femeninos —por no mencionar la posibilidad de una expresión que descentra al género como un condicionante de cierta expresividad del cuerpo—, lo que ocurriría con la mercantilización de dicho baile es que terminaría por colocar a estas formas de relacionarse con el cuerpo no ya como resistencias o desafíos, sino como productos estéticos de consumo, quizás domesticados, y que podrían ser mirados por sujetos hegemónicos, sin que ello represente un ejercicio que los invite a repensarse a sí mismos.

Así, pasaríamos de un espacio que en un momento hizo posible que muchos sujetos sexo-genéricamente disidentes hallaran una nueva forma de relacionarse con sus cuerpos a uno en el cual ya no se baila para expresar una vivencia, una corporalidad o un deseo, sino para satisfacer el afán de novedad que caracteriza mucho de la industria cultural más cotidiana.